Número especial

Estaba tan distraído como de costumbre. Quique miraba el patio de su colegio sin prestar atención a ninguna otra cosa. La primavera este año había llegado muy madrugadora, el almendro que se levantaba cerca del poste derecho de la portería, y que durante el invierno sólo se utilizaba para apoyar las mochilas antes de entrar a clase, ahora se alzaba orgulloso como un pavo real teñido de un color tan blanco y tan vivo que parecía tener luz propia.

Quique era el segundo de su clase que había cumplido los ocho años, eso le daba cierto rango de superioridad y sabiduría frente al resto de sus compañeros, y le acercaba un poco a los alumnos del curso superior.

Todos estaban a punto de hacer su primera comunión y eso les obligaba a quedarse una hora más en el aula mientras que el resto del colegio jugaba al fútbol a la sombra del almendro.

La señorita Julia, profesora de todas las asignaturas excepto inglés, era la encargada, junto al padre Esteban, de impartir las clases de catequesis. Aquella tarde, en la que la suave brisa del norte balanceaba las flores blancas de las ramas, comenzó hablando sobre la visita del Papa a Madrid. Al oír que Juan Pablo II era el representante de Dios en la Tierra, Quique saltó como un resorte.

- Entonces, ¿es más importante que los Reyes Magos? - preguntó sin pensar, en medio de una carcajada general de sus compañeros.

- Bueno... es distinto, pero sí, es mucho más importante que los Reyes Magos - contestó la señorita Julia sin estar muy segura de la garantía de su respuesta.

- Entonces, ¿traerá muchos más regalos?

- No no, Quique, el Papa no viene a traer regalos. Viene... a otra cosa.

- ¿Qué otra cosa? - preguntó Quique apoyando el codo sobre la mesa y la barbilla en la palma de su mano.

Aquél fue el comienzo de una larga hora de preguntas y respuestas que Quique y la señorita Julia fueron entrelazando como una larga cuerda sin dejar tiempo a la reflexión. El resto de la clase seguía con interés un debate, que empezaba a parecer filosofía, en el que Quique no se daba por vencido, y quería llegar a comprender cómo alguien, mucho más importante que los Reyes Magos, iba a pasearse por las calles de Madrid, sin soltar un solo regalo.

Cuando llegó el fin de la hora, Quique tenía más dudas que cuando empezó, y la señorita Julia sentía un agotamiento y un temblor de piernas que no recordaba desde sus exámenes en la facultad.

A la salida del colegio, Carmen, la abuela de Quique, le esperaba como todos los días. Aquella tarde era algo diferente de las demás porque no se entretuvo con los compañeros para intercambiar cromos, y aunque no hacía otra cosa que pensar en la visita del Papa no perdonó el bocadillo que guardaba en su mochila. Su abuela le cogió de la mano y, aprovechando el buen tiempo, y esa luz tímida y triste de las últimas tardes del invierno que alarga los días como aperitivo de la primavera, decidieron no coger el autobús e ir paseando hasta casa. Quique no levantó la mirada de sus botas, que golpeaban y arrastraban cualquier cosa que se encontraban por la acera, hasta que en la calle Bailén, frente a la catedral de la Almudena, se fijó en la estatua de Juan Pablo II.

- Abuela.

- ¿Qué?

- ¿Es el Papa?

- Sí hijo, es el Papa.

- Está... con los brazos abiertos.

Quique pensó que merecía la pena que todo el mundo le escribiese una carta con motivo de su visita. Estuvo toda la noche con el cuaderno y el bolígrafo cerca de la cama por si se le ocurría algo, pero el sueño terminó por vencerle sin que una sola palabra saliera de su cabeza. Era más difícil escribir sin pedir, que pedir sin escribir, pero ni una sola noche se dio por vencido, y el bolígrafo y el cuaderno donde solía dibujar durante las clases de historia, aguantaron con paciencia debajo de la almohada.

Los nervios por ver al Papa en persona iban creciendo conforme se acercaba el día en el que toda la familia se acercaría hasta la plaza de Colón para oír la misa oficiada por Juan Pablo II. Su auténtica ilusión, su secreto más intimo, era poder hablar con él en persona y preguntarle todo lo que la señorita Julia no sabía responderle, pero sabía que eso iba a resultar muy difícil y su única esperanza era el cuaderno donde poder escribirle una carta como a los Reyes Magos.

Poco antes de salir de casa para ir hacia Colón, arrancó una hoja y escribió apresurado. Dobló la carta con cuidado y se la metió en el bolsillo sin dejársela leer a nadie.

La multitud ya abarrotaba cada rincón de la plaza. Quique no podía ver nada porque su mirada no alcanzaba más allá de la espalda del señor que tenía delante. Cuando oyó los gritos de la gente supo que el Papa había llegado, se soltó de la mano de sus padres y corrió entre las piernas de la multitud como se hubiera escurrido una lagartija entre las piedras. En pocos minutos alcanzó la primera barrera de seguridad y consiguió ver al Papa, que aún no había podido pronunciar una sola palabra por el ensordecedor griterío del público.

-¿Puede darle esto al Papa por favor? - preguntó Quique a uno de los policías que estaba al otro lado de la barrera amarilla, dándole la carta ya algo arrugada.

El policía leyó la nota y sonrió, miró al muchacho y se dirigió a un superior, que también la leyó. Quique observaba cómo su carta pasaba de mano en mano acercándose cada vez más al altar, todos sonreían al leerla hasta que finalmente un sacerdote se acercó a Su Santidad y le puso el papel en la mano derecha. Nadie se dio cuenta, excepto Quique. Los gritos y los cantos de la multitud seguían siendo ensordecedores. Juan Pablo II abrió la carta escrita con la letra de un niño de ocho años que decía:

Juan Pablo, gracias por venir.

Quique.

El Papa sonrió y apretó la nota contra su pecho y no la soltó ni un solo instante durante su viaje.

José Cábanach
Director de cine