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La primera etapa del pontificado es la de la clarificación, del serenamiento, de los viajes, para "confirmar en la fe". Casi todos los viajes tienen un motivo celebrativo: el aniversario de la conversión de un país al cristianismo, la memoria de un santo, etc. El Papa no tiene miedo a la historia y anima a revivir sus momentos de luz y redimir sus oscuridades: es la "purificación de la memoria" como paso decisivo para avanzar en el tercer milenio y en el camino ecuménico (una de sus grandes preocupaciones que se va acentuando con el paso de los años). Siguiendo esta línea de fortalecimiento y renovación interna, el Papa convoca el Sínodo extraordinario de 1985 sobre la aplicación del Concilio Vaticano II. Éste es uno de los momentos más importantes de su pontificado y de ahí nacerá un nuevo impulso para la aplicación del Concilio. Este Sínodo confirma la validez actual del Concilio como referente seguro para el tercer milenio. Además, en este Sínodo se toma la decisión de redactar el Catecismo de la Iglesia Católica, que será uno de los textos más importantes de este pontificado. Nunca se había escrito un Catecismo oficial y para todos. Existía el catecismo redactado tras el Concilio de Trento pero estaba pensado y dirigido a los párrocos. El Catecismo de la Iglesia Católica está dirigido a todos los fieles y es un tesoro, un "manual" de la fe. Su dinámica es la "dinámica de la fe": el cristiano cree en Jesucristo: explica la fe cristiana siguiendo el Credo.Celebra la fe en Jesucristo: explica los sacramentos como camino para encontrarse con Cristo salvador. Vive conforme a la fe: explica los 10 Mandamientos, como la "gramática del corazón humano" que desea ser feliz. Reza a Dios como Padre: el Padrenuestro.
Para poder guiarnos a la Trinidad, el Papa escribe tres encíclicas. De Jesucristo ya nos ha hablado en su primera encíclica, ahora nos hablará del amor del Padre por el hombre: en la encíclica Dives in miseridordia (Dios, rico en misericordia) el Papa, mediante la parábola del hijo pródigo, nos quiere mostrar el infinito amor de Dios "rico en miseridordia". Igual que el hijo pródigo, todo ser humano puede reflexionar sobre sí mismo y volver a la casa del Padre. El amor infinito del Padre siempre estará esperándonos en el camino para celebrar una fiesta por nuestro regreso. Y por último, el Papa nos habla del Espíritu Santo en la encíclica Dominum et Vivificantem. Es el amor del Padre y el Hijo, y viene para llevarnos a la verdad completa en lo que se refiere al pecado, la justicia y el juicio. Es nuestro Consolador y Abogado, el amor hecho Persona. De este modo, toda la vida cristiana es un camino trinitario en el que Dios mismo da el primer paso y sale al encuentro del hombre. Nos toca a nosotros responder a esa llamada. A su vez, escribe también sobre la "Trinidad en la tierra": Jesús (del que ya nos ha hablado) María y José. La devoción mariana del Papa es conocida por todos: totus tuus es el lema de su escudo episcopal y de su corazón. Para entrar en el tercer milenio anunciando a Jesucristo a todos los hombres (el gran objetivo de su pontificado), el Papa quiso celebrar un Año Mariano en 1987. El Papa publicó una preciosa encíclica sobre la Virgen: Redemptoris Mater. En ella, nos habla del "itinerario de fe" de la Virgen (de Nazaret a Pentecostés pasando por el Calvario) como un modelo a seguir. Ella también fue una peregrina en la fe que estuvo a la escucha de la voluntad de Dios y la fue cumpliendo según Él se le iba revelando. Por ello, es la primera redimida y un modelo a seguir en nuestra peregrinación hacia Dios, con sus oscuridades y luchas. Como le gusta repetir al Papa, la Iglesia tiene también una "dimensión mariana". A ella, el Papa ha confiado el mundo repetidas veces. Falta San José, "el hombre de los silencios". A él le dedica el Papa una Exhortación Apostólica: Redemptoris Custos. Es el hombre discreto que escucha y obedece. Por su silencio abierto a la voluntad de Dios y su disposición plena para cumplirla por encima de sus propios planes, es un modelo a seguir. Lo mismo que fue el custodio del Redentor, puede ser nuestro custodio en esta peregrinación hacia la casa del Padre. En continuidad con esta enseñanza trinitaria, el Papa realiza una catequesis integral sobre el Credo en las audiencias generales de los miércoles desde 1984 hasta el año 2000. Son una profundización en el misterio trinitario que se completa con una catequesis sobre la Iglesia, la Virgen y la vida eterna. Dado que en este pontificado todo gira en torno a Jesucristo Redentor, también como preparación al tercer milenio, el Papa declaró el año 1983 Año Santo de la Redención (es el 1950 aniversario de la muerte de Cristo). Llama la atención que en muchos documentos de este Papa figura la palabra "redentor". La Redención, el amor de Dios que nos salva, es el gran anuncio que necesitan los hombres de nuestro tiempo y por eso el Papa dedica ese año a una catequesis sobre la Redención cristiana. Una catequesis de introducción al cristianismo, de "presentación" a todos los hombres de buena voluntad. Además, en el Año Santo de la Redención tuvo un Sínodo sobre "la reconciliación y la penitencia" cuyo fruto principal fue la Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentiae. Si el Papa nos había hablado de las riquezas de la misericordia divina, quiere revitalizar la celebración del sacramento de la reconciliación en la Iglesia. En el discurso de llegada de su viaje a Irlanda, el Papa mostró su alegría porque los fieles habían hecho la mejor preparación posible: se habían preparado con la confesión. También mostró su alegría cuando en el Gran Jubileo del Año Santo 2000, veía desde su despacho las colas ante los confesionarios que se habían instalado para los peregrinos. La confesión, ha dicho muchas veces el Papa, es un momento especialmente intenso de la redención cristiana, pues en ella se concreta el perdón de los pecados traído por Jesucristo, el amor del Padre que "recupera" al hijo perdido.
Es ya el tiempo de anunciar sin cansancio y sin descanso a Jesucristo. Ya no hay que tener miedo, Dios está con nosotros, hemos cruzado el umbral de la esperanza. En esta perspectiva se entiende el camino sinodal que el Papa ha hecho recorrer a la Iglesia a lo largo de su pontificado. Podríamos hablar de dos ciclos de sínodos: El primer ciclo sería eclesiológico: el Papa sabe muy bien que debe continuar en la profundización del Concilio Vaticano II (el gran referente de este pontificado). Para ello, el Papa convoca sucesivos sínodos que hablan de las distintas vocaciones en el pueblo de Dios que es la Iglesia, y va publicando una Exhortación Apostólica como fruto de los trabajos sinodales: los laicos (Familiaris consortio y Christifideles laici), los sacerdotes (Pastores dabo vobis), los consagrados (Vita consecrata) y los obispos (que todavía no ha sido publicado).
Uno de los temas que el Papa lleva más dentro de su corazón es la unidad de la Iglesia: Ut unum sint! ¡Que sean uno! El Papa no cesa de actuar para que la Iglesia pueda respirar plenamente por sus pulmones: Oriente y Occidente. La Iglesia es universal y acoge dentro de sí distintas tradiciones litúrgicas y teológicas que no rompen la unidad de fe. Nunca había habido en la Iglesia un Papa eslavo. En todos sus viajes y en otras muchas ocasiones, el Papa se reúne con nuestros hermanos. La meta es Jesucristo que no está dividido, y dirigiéndonos a Él es como alcanzaremos la unidad. También aquí hay que purificar la memoria histórica y saber pedir perdón y perdonar. El Papa ha pedido perdón muchas veces y durante el Gran Jubileo quiso celebrar una jornada de petición de perdón a Dios por las faltas de los hijos de la Iglesia en estos 2000 años de cristianismo. Los cristianos sabemos que la desunión es un escándalo que dificulta la fe en Jesucristo. Si somos fieles a nuestra oración por la unidad, Dios nos la concederá en el tiempo oportuno. Si la Iglesia permanece "firme en la fe, fuerte en la esperanza y constante en la caridad", podrá ser misionera. La Iglesia es misionera por naturaleza pues, como decía Pablo VI, su "pasión" es evangelizar. Cristo mismo es el misionero del Padre y la Iglesia debe ser la anunciadora de Jesucristo. Por eso, el Papa ha confirmado la actualidad perenne de las misiones. ¡El amor de Dios sigue siendo el gran mensaje salvador del hombre y del mundo!, de ahí que el Papa haya ido a todas las partes del mundo para anunciar a Jesucristo. Publicó una encíclica (Redemptoris missio) para confirmar en la fe y en la misión a todos los misioneros. Cuando el Papa fue a la India, en el discurso de recepción dijo que "venía a anunciar a Jesucristo, único salvador del hombre".
Como ha repetido muchas veces este Papa: "el hombre es el camino de la Iglesia", porque Cristo es el Redentor del hombre. Creado a su imagen y semejanza, su sentido y su felicidad es amar y ser amado por Dios. El gran anuncio cristiano es que somos hijos de Dios. Y debemos ser conscientes de nuestra dignidad, como decía San Agustín: "cristiano, sé lo que eres". Dice un salmo: "¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?". Y el Concilio responde: "el misterio del hombre se resuelve a la luz del misterio del Verbo encarnado". El hombre es imagen de Cristo y Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el hombre perfecto. Esta es la clave de una visión del hombre optimista. Optimismo, que no ingenuidad. El Papa sabe muy bien que el siglo XX ha sido el siglo de los mártires, de los genocidios, de los campos de concentración, de los gulags, de la explotación del hombre por el hombre, del absurdo, del sin sentido y del vacío existencial y por eso, más que nunca, el deseo del Papa en la misa de inauguración de su pontificado sigue siendo urgente: "¡No tengáis miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo conoce!". Y sólo Él puede saciar su corazón. Al Papa le gusta repetir una frase de Pascal que puede ser el resumen de la visión cristiana del hombre: "el hombre supera infinitamente al hombre". El hombre no se basta a sí mismo y necesita de Dios para ser feliz porque ha sido creado a su imagen y semejanza. Por eso, la Iglesia promueve siempre una cultura de la vida, porque la vida, cara a Dios, merece vivirse, y cada ser humano vale por sí mismo porque ha sido amado por Dios. También repite muchas veces el Papa esta otra idea del Concilio: "el hombre ha sido la única criatura que ha sido amada por Dios por sí misma". Éste es el optimismo cristiano. Frente a una culturade muerte, la Iglesia anuncia el Evangelio de la vida: la vida merece la pena vivirse porque somos hijos de Dios. Juan Pablo II ha vuelto a presentar ante el mundo y ante la propia Iglesia el mensaje cristiano, siempre nuevo y siempre antiguo. Nos toca a nosotros, como a cualquier generación cristiana pero más que nunca en este tercer milenio, recoger estas enseñanzas para llevar a Cristo a todos los hombres porque sigue siendo el camino, la verdad y la vida, el primero y el último, el centro del cosmos y de la historia. |
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Fco. Javier Galán Octavio de Toledo |