Número especial

Que el Papa siente predilección por el mundo del arte, es algo de sobra conocido. No es aislado el hecho de que cursara el primer año de filología polaca en la Universidad Jaghellonica de Cracovia - estudios que no pudo concluir, pues fueron trágicamente interrumpidos por el estallido de la Segunda Guerra Mundial -. Respondía a su interés por la literatura y la creación artística. Poesía, teatro, relatos cortos..., todo le servía al joven Woijtyla para sacar a la luz su inmensa sensibilidad. A todo esto hay que añadir los años en los que participó en el "Teatro de la palabra viva", corriente fundada por su amigo Mieczyslaw Kotlarczyk, que le formaron intelectual y humanamente. Esta época dejó una profunda huella en Karol, y así lo ha afirmado él mismo en multitud de ocasiones. Claro que, tenía la sospecha de que Dios le tenía preparado algo diferente al mundo de la interpretación. De manera que, en un alma tan sumamente delicada, el Señor quiso - y pudo - poner su semilla. Él se limitó a corresponder con amor y generosidad a todo aquello que, en la oración, le susurraba el Espíritu Santo.

Ni que decir tiene que en un ambiente hostil y opresor como el que sufrió Polonia durante aquellos años, era necesario encontrar vías de escape para no romperse por dentro. Karol tenía la seguridad de saberse hijo, y muy querido, de Dios. Este pensamiento le bastaba para no ahogarse en el pozo del desaliento. Pero, aún poseyendo ese sentido sobrenatural de la vida, que elevaba y hacía trascender cualquier situación sabía disfrutar de todo lo auténtico que le ofrecía la vida: el placer de la lectura, el maravilloso don de la palabra, el gozo del escenario o la magia de las historias contadas, escritas o filmadas. Con una personalidad así, ¿cómo no iba a arraigar en el Papa el gusto por el Séptimo Arte? ¿Cómo no iba a sentirse atraído por el misterio del celuloide? ¿Cómo no apreciar su capacidad lúdica y didáctica?

Me imagino su cara la primera vez que vio una película. ¿Cuál debió ser? Es igual, con seguridad debió ver en el cine un precioso instrumento que contribuía a la edificación del hombre, algo por lo que tanto luchó, ha luchado, y seguirá luchando el tiempo que Dios quiera.

Con los años, su amor por el cine y las artes fue en aumento. Hasta llegar al día de hoy, en el que los artistas y las gentes del espectáculo son parte importante de su apostolado personal, a los que dedica mucho de su atención y cariño. Así me lo aseguró monseñor Enrique Planas, director de la Filmoteca Vaticana, y buen conocedor de Su Santidad, con quien tuve el privilegio de hablar con motivo de la preparación de este número especial. Es el responsable del mantenimiento y la conservación de todo el material gráfico de la Filmoteca Vaticana. Su responsabilidad también se extiende al cuidado de la sala en la que el Papa contempla las películas. "La comunicación y el espectáculo -dice monseñor Planas- siempre han sido temas cruciales para el Papa. Sin duda, los años en los que mantuvo una relación con el teatro alimentaron ese interés. Siempre nos ha sugerido dar una dimensión cultural al material y utilizarlo como instrumento pastoral. Y así procuramos hacerlo desde la Filmoteca Vaticana con seminarios, jornadas y encuentros abiertos a todo aquel que quiera establecer un diálogo constructivo".

El Papa demuestra su profunda cultura y su gran interés por seguir formándose y aprender de todos los profesionales que pasan por su lado. En un hombre sabio nunca acaba la curiosidad. Así es el Papa y eso lo transmite: "Los encuentros personales con la gente del cine - añade monseñor Planas - son entrañables, pues despiertan el rescoldo de fe, muy viva, que tienen los artistas, y esto también lo digo por experiencia propia".

El hombre ha de colaborar con la creación para descubrir la verdadera estética. Ese descubrimiento, que proporciona felicidad es lo que hace que el Papa sea capaz de despertar la simpatía de cualquier actor, actriz, director o directora que se le acerque sin prejuicios.

Eva Latonda
Actriz y crítico de cine