![]() |
|
Cuando el Príncipe de Saint-Exupéry se encontró con el Zorro, le pidió que jugara con él. Pero el Zorro no estaba apprivoisé, es decir, domesticado. "¿Qué significa apprivoiser?", preguntó el niño. Y contestó el animal: "Es algo muy olvidado hoy día. Significa crear lazos (...) Todavía tú no eres para mí más que un muchacho en todo semejante a otros cien mil. Y yo no tengo necesidad de ti. Tú tampoco me necesitas. Yo no soy para ti más que un zorro semejante a otros cien mil. Pero si tú m´apprivoises (domesticas), tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí, único en el mundo. Y seré para ti, único en el mundo". Y, más adelante, le recordó al niño: "No se conoce más que las cosas que uno mismo domestica. Los hombres no tienen ya tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas en los almacenes. Pero como no existen almacenes de amigos, los hombres no tienen ya amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!".
Condenados por desconfiados, herederos de la modernidad siempre tardía, el problema de la cultura es el problema del hombre, y la respuesta al vacío de la cultura es la palabra que se encarna como misterio de Dios. Romano Guardini dejó escrito que "el sentido de una época cultural no reside en definitiva en que en ella el hombre logre un bienestar cada vez más alto y un dominio de la naturaleza cada vez mayor, sino en producir la forma de existencia y de la actitud ética humana que exige la historia en cada ocasión". El mundo existe dos veces para cada uno de nosotros; uno como naturaleza y otro como cultura. Dicen algunos habladores, como los de la novela de Vargas Llosa, que hay tantas concepciones de cultura como de hombre; Kroeber y Klunckholn catalogaron más de ciento cincuenta definiciones del término cultura. Y, sin embargo, el problema estriba en que el olvido de la naturaleza nos ha conducido a la pérdida de la cultura. Y en éstas estamos. Por más que la voluntad de poder de Nietzsche, o la patología del complejo (cultural por supuesto) de Edipo de un tal Freud, o el ansia del hombre por inventarse a Dios, de un tal Feuerbach, hayan marcado las reglas del juego del multiculturalismo o de la interculturalidad, el empeño de Juan Pablo II es el empeño por defender la dignidad del hombre y la vigencia del billete de nuestro camino de la naturaleza a la cultura, del hombre a Dios, porque Dios ha salido al encuentro del hombre, ha tomado la iniciativa y va por delante. Quizá en nuestro días, en nuestro tiempo, "dramático y al mismo tiempo fascinador" (Redemptoris missio, 38), la voluntad humana ya no "domestica" ni "se domestica", sólo domina y se somete a la dominación de la voluntad, de la razón instrumental, económica y tecnológica. J. H. Newman, hombre de su tiempo y de su cultura, profetizó que "llegará un tiempo en que la Iglesia será la única defensora en el mundo del hombre y de la cultura". La cultura es, como dijo Juan Pablo II en su discurso a la Asamblea general de la ONU (5 de octubre de 1995), "un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y en particular del hombre: es un modo de expresar la dimensión trascendente de la vida humana. El corazón de cada cultura está constituido por su acercamiento al más grande de los misterios: el misterio de Dios". La cultura, parafraseando a la Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, es un modo particular en el que los hombres cultivan su relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con Dios, a fin de conseguir que su existencia sea plenamente humana. La cultura es la única posibilidad real con la que el hombre cuenta para ser auténtica y verdaderamente hombre. Juan Pablo II, en su encíclica Veritaris Splendor, nos lo ha recordado: "no se puede negar que el hombre existe siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar que el hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra parte, el progreso mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las trasciende. Este "algo" es precisamente la naturaleza del hombre. Precisamente esta naturaleza es la medida de la cultura y es la condición para que el hombre no sea prisionero de ninguna de sus culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de acuerdo con la verdad profunda de su ser" (n. 53). Juan Pablo II ha defendido durante su pontificado una idea si cabe hoy más que nunca revolucionaria: la cultura es un motor ineludible en la historia. Ésta fue una lección que aprendió de su juvenil lectura de los clásicos románticos polacos y de los clásicos griegos y latinos. Un ejercicio al que, muy pronto, le encaminó su padre. Se puede afirmar, sin complejos, que el pontificado de Juan Pablo II se caracteriza por una "primacía cultural" que ha marcado un antes y un después en la pretensión cristiana de ofrecer las razones de nuestra fe y de nuestra esperanza. No en vano ha dicho y ha repetido que "una fe que no se convierte en cultura es una fe no acogida con plenitud, no pensada en su totalidad, no vivida con fidelidad"(de la carta autógrafa por la que se instituye el Consejo Pontificio de la Cultura). Juan Pablo II es muy consciente de que "el diálogo de la Iglesia con la cultura de nuestro tiempo es el sector vital en el que se juega el destino de la Iglesia y del mundo. No hay, en efecto, más que una cultura: la humana, la del hombre y para el hombre". Y la Iglesia es experta en humanidad, experta en cultura, creadora de cultura, mecenas de la cultura, generadora y purificadora de la cultura. Y como dijo en el año 2001, "una cultura que rechaza referirse a Dios, pierde la propia alma y se desorienta transformándose en una cultura de la muerte, como atestiguan los trágicos acontecimientos del siglo XX, y como demuestran los efectos nihilistas actualmente presentes en importantes ámbitos del mundo occidental". Joyce, Adorno, Hokheimer, y muchos otros, han utilizado al Ulises de la Odisea como paradigma de la trayectoria del hombre occidental, embarcado en la ilustración que pone en entredicho la odisea de habitar en Ítaca, meta del viaje y lugar en el que se recupera el pleno sentido de uno mismo. Juan Pablo II es capitán seguro en la singladura de la humanidad por los mares de nuestro tiempo, que no sólo ama al hombre, porque ama a Dios, "sino que ama la sed que lo devora".Una sed que sólo sacia quien da de beber de un agua que nunca se acaba: la Verdad, el Bien y la Belleza. |
|
José Francisco Serrano Oceja |