Número especial

Hace casi quince años, el 15 de agosto de 1988, se hacía pública la carta apostólica Mulieris Dignitatem del Papa Juan Pablo II sobre la dignidad y la vocación de la mujer. Quizás, entre los muchos documentos de su pontificado, no sea éste el más relevante. Pero creo recordar que esta carta atrajo la atención de algunas mujeres, católicas, católicas alejadas y, también, no cristianas. Y a algunas, entre las que me encuentro, nos ayudó mucho.

Evidentemente, más importantes intelectualmente hablando -con perdón de la licencia que me tomo diciendo qué es importante, ya sé que no soy quién - son la Fides et ratio o la Veritatis Splendor, encíclicas fundamentales para la cabeza, la fe y el corazón (que también interviene en lo intelectual) de un católico, creo yo. Pero a mí, la Mulieris Dignititatem me tocó primero y por dentro.

El Papa hablaba de las mujeres y con las mujeres en ese documento de una forma, ¿cómo lo explicaría?, como si fuera un padre. Pero no un padre pesado, impositor, autoritario, pasado de moda, carca o machista (haberlos, como las meigas, los hay). Me hablaba como ese padre - padre que yo tuve y acababa de morir -. Y, a la vez, como el sucesor de Pedro que era y es. Y como un hombre que sabía de lo que estaba hablando, quiero decir, no como espectador o crítico, sino como quien conoce el corazón de las mujeres.

Recuerdo pasar las páginas del ABC -que fue donde leí la carta- e irme metiendo cada vez más en lo que decía. Empezaba el Papa con la consideración de la Mujer-Madre de Dios (Theotokos), seguía con el libro del Génesis y se detenía con la imagen y semejanza de Dios a la que fuimos creados, varón y mujer. Explicaba qué significa "él te dominará", el papel de Eva y el de María.

Se adentraba en los evangelios y aquel "se sorprendían de que hablara con una mujer", en las mujeres guardianas del mensaje evangélico, en la sorprendida en adulterio, en las primeras testigos de la resurrección. Explicaba qué es la maternidad y la virginidad con profundidad, tan lejos de esa imagen edulcorada de los anuncios de "mami, mami" y, también, tan lejos de esa otra dulzona imagen - que también la hay - de quienes en la vida religiosa o no religiosa entregan a Dios por entero su corazón. Hablaba de la Iglesia como esposa de Cristo. Y terminaba con "la mayor es la caridad".

Pero lo que a mí más me gustó es que el Papa no nos consideraba super-women, o nos doraba la píldora, o pensaba que éramos perfectas (fatal, fatal, que luego te tienen que quitar la peana). No. El Papa hablaba con el mismo cariño de las mujeres fuertes y de las débiles. Y daba gracias con la Iglesia por todas: por las que lo hacen todo fenomenal y son santas y también por las que somos pecadoras, que asumo que somos todas mientras no nos muramos. Sí, el Papa cerraba con ese diálogo tan bonito de la Samaritana, "si conocieras el don de Dios..." Y en eso estamos.

Vuelvo hoy a releer la carta pasados 15 años. Y como entonces me vuelvo a emocionar. ¿Cómo un Papa - pensaba yo entonces - puede conocer tan bien el corazón de una mujer? Yo creo que no hay secreto. Además de la confesión y la oración, digo yo que en todo esto tendrá que ver el profundo amor del Papa a la Virgen que, también, es una mujer. Y sólo hay que verle rezar el rosario para darse cuenta de que es así: que al Papa no le hacen falta libros sobre cómo son o dejan de ser las mujeres, ni las revistas femeninas ni los libros de autoayuda tipo John Gray. Con el Evangelio, la oración y el trato con la Virgen basta, pienso yo.

Aurora Pimentel
Periodista