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Su elección como papa en el año 1978 no iba a variar esa orientación personal vivida por Karol Wojtyla, pero sí la iba a situar en un nuevo escenario para el que su preparación filosófica se revelaba como pieza esencial de su tarea pastoral. La profundidad del pensamiento de Juan Pablo II, su sólida formación filosófica, en la que se entrelazan las herencias del realismo aristotélico-tomista y las aportaciones de las corrientes en boga a principios del siglo XX, contribuyen decisivamente a conformar lo que podría llamarse corpus doctrinal de su pontificado. No es tarea fácil analizar pormenorizadamente el contenido de las encíclicas papales, labor que exigiría un detallado estudio, pero sí resulta factible señalar las líneas básicas de su magisterio ordinario pontificio. La defensa de la dignidad del hombre, el compromiso de la Iglesia por definir los criterios auténticos de una verdadera promoción humana, tanto a nivel personal como en los sistemas sociales y políticos, la urgencia de recuperar la semilla cristiana en la cultura occidental, la apuesta por una civilización evangelizada y evangelizadora, la certeza de que la Verdad es accesible desde la reflexión intelectual, sin que haya oposición entre fe y razón o el reconocimiento al valor profundo de la vida, son sólidos eslabones en la cadena de encíclicas de Juan Pablo II, preocupado siempre por situar a Cristo como eje de la historia personal y colectiva. La validez de una aproximación histórica a la serie de encíclicas que han jalonando su pontificado, tiene una ventaja evidente sobre la inmediata valoración de cada una de ellas en el momento concreto en que fueron redactadas. La ventaja consiste en la perspectiva con que se pueden entender, situándolas ahora en el contexto social en el que fueron elaboradas. La dignidad del hombre Sólo un año después de su elección como sucesor de Pedro, Juan Pablo II daba a conocer el texto de la encíclica Redemptor Hominis, que se puede considerar como la declaración de intenciones de este pontífice venido de un país lejano. En ella resuenan ecos de aquella primera alocución en el Vaticano, cuando el recién nombrado Papa animaba a los católicos a confiar en Cristo, centro de la historia, redentor del hombre, alfa y omega, instándoles a "abrir de par en par" las puertas de su corazón a su realidad salvífica. Proponer a Cristo como eje de la vida del hombre en el último tercio del siglo XX, no dejaba de ser una apuesta por la misma dignidad del hombre. Juan Pablo II no se ha cansado de repetir, siguiendo la enseñanza del Concilio Vaticano II, que Cristo enseña la verdad del hombre al hombre mismo. Bien pudiera decirse, pues, que una de las preocupaciones de Juan Pablo II ha sido el mostrar cómo la esencia del contenido evangélico, la palabra de salvación, es el fundamento de toda construcción que se pretenda plenamente humana. Mostrando a Cristo, Señor del tiempo y de la historia, se enseña el camino para construir una humanidad respetuosa con la dignidad de la persona. Fundar en Cristo la concepción filosófica de una antropología respetuosa con la naturaleza y la libertad humanas, es la culminación definitiva de las importantes aportaciones teóricas de varias corrientes de pensamiento surgidas en la anterior centuria, curiosamente cuando los hechos históricos más habían dañado ese valor objetivo de la dignidad del hombre. En efecto, la filosofía de los valores de Max Scheller, el método fenomenológico de Husserl o las intuiciones personalistas contenidas en la obra de Mounier están en la base del pensamiento creativo de Karol Wojtila, mucho antes de su magisterio pontificio. "Aquí", se lee en la Redemptor Hominis, "se trata por tanto del hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No se trata del hombre "abstracto" sino real, del hombre "concreto", "histórico". Se trata de "cada" hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de este ministerio. Todo hombre viene al mundo concebido en el senomaterno, naciendo de madre y es precisamente por razón del misterio de la Redención por lo que es confiado a la solicitud de la Iglesia. Tal solicitud afecta al hombre entero y está centrada sobre él de manera del todo particular. El objeto de esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza con Dios mismo". La justicia social Igual preocupación late en la serie de encíclicas que se suelen calificar como sociales,Laborem Exercens, Sollicitudo Rei Socialis y Centesimus Annus, sólo que en esta trilogía dedicada a exponer la naturaleza de unas relaciones sociales y políticas que respeten la dignidad del hombre, la justicia social es el eje reflexivo. No conviene olvidar el tempo en que fueron redactadas: las dos primeras antes de la caída del Muro de Berlín; la última cuando ya era una gozosa realidad el fruto de los acontecimientos del año 1989. En todas ellas aparece un denso estudio sobre la instauración de un orden socioeconómico que dé respuesta a la demanda de justicia del hombre, pero, a la vez, se hace un claro discernimiento de cuál ha de ser la genuina liberación que el hombre ha de buscar para transformar la realidad que le circunda. En la Centesimus Annus se indica que la liberación es fundamentalmente sinónimo de conversión, de metanoia, no sólo afán de cambio de estructuras por injustas que estas sean. "En el pasado reciente, el deseo sincero de ponerse de parte de los oprimidos y de no quedarse fuera del curso de la historia ha inducido a muchos creyentes a buscar por diversos caminos un compromiso imposible entre marxismo y cristianismo. El tiempo presente, a la vez que ha superado todo lo que había de caduco en estos intentos, lleva a reafirmar la positividad de una auténtica teología de la liberación humana integral" (nº. 26). Con la perspectiva histórica a la que antes se aludía, hoy no se puede negar que la persona de Karol Wojtyla, el Papa venido de Polonia, contribuyó de forma decisiva con su palabra y su testimonio a la quiebra de esos sistemas políticos del Este europeo, que impedían a Europa respirar con la fuerza de sus dos pulmones. La historia del hombre sobre la tierra - también en el difícil siglo XX - se desenvuelve bajo el designio de la acción santificadora del Espíritu Santo. Nunca más cierta que en aquellos años decisivos, la verdad del viejo refrán castellano de "Dios escribe derecho con renglones torcidos". Hay en esta tríada de encíclicas una confianza absoluta, total, plena, en la providencia divina. "Ciertamente", se indica en la Centesimus Annus, "la lucha que ha desembocado en los cambios de 1989 ha exigido lucidez, moderación, sufrimiento y sacrificios; en cierto sentido, ha nacido de la oración y hubiera sido impensable sin una ilimitada confianza en Dios, Señor de la historia, que tiene en sus manos el corazón de los hombres" (nº. 25). No falta, tampoco, la advertencia, con tintes proféticos, sobre los riesgos futuros con los que puede enfrentarse una humanidad en un mundo globalizado, sometido a los meros intereses de un sistema estrictamente liberal, con la tentación de buscar en métodos violentos una supuesta solución a los problemas. "Es necesario a este respecto que se den pasos concretos para crear o consolidar estructuras internacionales capaces de intervenir, para el conveniente arbitraje, en los conflictos que surgen entre las naciones, de manera que cada una de ellas pueda hacer valer los propios derechos" (nº. 27). Juan Pablo II, el pensador que sustenta su filosofía en una radical defensa de la dignidad del hombre, el pontífice que apoya esa dignidad humana en la divinidad de Cristo, es un hombre de esperanzas. No se asusta de la fragilidad del ser humano; no se arredra ante los retos de esta encrucijada histórica. Se instala en la confianza del soplo del Espíritu, sabedor de que su fuerza es el viento que hincha las velas del navío de la historia. Es así como surge la encíclica Dominum et Vivificantem, como canto al espíritu divino que "aletea sobre las aguas". La Dominum et Vivificantem es un poema dedicado a la providencia divina que se concreta en el silencioso actuar del Espíritu; pero es, también, una honda reflexión sobre la realidad del mal en el hombre y en el mundo, y una manifestación de que la conversión personal, con la fuerza del Espíritu, liga al hombre con la verdad. De algún modo, resuena en sus páginas el eco de los cantos del infierno y del paraíso de Dante en su Divina Comedia. "El Espíritu de la verdad que ayuda a los hombres, a las conciencias humanas, a conocer la verdad del pecado, a la vez hace que conozcan la verdad de aquella justicia que entró en la historia del hombre con Jesucristo. De este modo, los que "convencidos en lo referente al pecado" se convierten bajo la acción del Paráclito, son conducidos, en cierto modo, fuera del ámbito del "juicio": de aquel "juicio" mediante el cual "el Príncipe de este mundo está juzgado". La conversión, en la profundidad desu misterio divino-humano, significa la ruptura de todo vínculo mediante el cual el pecado ata al hombre en el conjunto del misterio de la impiedad. Los que se convierten, pues, son conducidos por el Espíritu Santo fuera del ámbito del "juicio" e introducidos en aquella justicia, que está en Cristo Jesús, porque la "recibe" del Padre, como un reflejo de la santidad trinitaria. Esta es la justicia del Evangelio y de la Redención, la justicia del Sermón de la montaña y de la Cruz, que realiza la purificación de la conciencia por medio de la Sangre del Cordero. Es la justicia que el Padreda al Hijo y a todos aquellos, que se han unido a él en la verdad y en el amor. (nº. 48). El Espíritu, el gran desconocido, el hacedor de cualquier camino de perfección... Como dice Susanna Tamaro en su última obra: "¡Menos mal que está el Espíritu Santo. Es él el que repara los errores, borra las torpezas, disuelve las tinieblas... La voz del Espíritu se asemeja a la del bosque, es apacible, continua, profunda... El Espíritu nos da la vida y vive en nosotros" (Más fuego, más viento). Un infinito amor al hombre Amor y verdad proceden de la gratuidad con que es entregada al hombre, a cada hombre concreto, la Palabra y el Espíritu de salvación. El Dios cristiano no es hechura de los viejos dioses paganos, que encarnaban las propias debilidades humanas: es un Dios Amor, es un Dios lleno de compasión. De ahí que no fuese casualidad, tampoco, el dedicar su segunda encíclica a la misericordia divina. Dives in Misericordia es, así, la constatación del misterio de amor de Dios ante un mundo que se ve convulsionado por los efectos del pecado. La esencia divina se propone como la vía del actuar cristiano en su relación con el mundo: un amor más fuerte que el odio y que la muerte, un amor que crea una nueva civilización y que es capaz de perdonar las ofensas y transformar las conciencias, los sistemas sociales o políticos. "El mundo de los hombres puede hacerse "cada vez más humano", solamente si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el momento del perdón, tan esencial al evangelio. El perdónatestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado. El perdón es además la condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas relaciones entre los hombres. Un mundo, del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los demás; así los egoísmos de distintos géneros,adormecidos en el hombre, podrían transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión de los más débiles por parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente de los unos contra los otros" (nº. 14). Es el amor y el perdón que el propio Papa ofrecerá, en imagen inolvidable, a Ali Agca, su agresor de aquella tarde del 13 de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro. El horror del atentado adquiere, así, un pleno sentido sobrenatural, con la figura del pontífice escuchando la voz de quien había intentado silenciar la suya, ejemplo hermoso de fe con obras, de misericordia real. |