Número especial

Caí en la cuenta de esos "silencios" en el otoño de 1982, mientras preparábamos en TVE la cobertura de su primera visita a España. En mayo de ese mismo año, Juan Pablo II había estado seis días en Gran Bretaña y, conociendo la calidad técnica de la BBC, decidimos estudiar con detalle las grabaciones de ese viaje histórico. Así que durante varios días pude visionar a placer las más de treinta horas de vídeo, en compañía del colega inglés que las había traído de Londres, y que me iba contando sobre la marcha las incidencias de cada transmisión y los mil detalles ocultos detrás de las imágenes.

En aquella visita había de todo: muchedumbres en aeropuertos, calles, estadios y catedrales; diez ciudades recorridas en Inglaterra, Escocia y Gales; los siete sacramentos impartidos personalmente por el Papa; la entrevista con la reina en Buckingham Palace; cuatro encuentros ecuménicos y, con especial relieve, el de Canterbury con los anglicanos; varias misas solemnes, numerosas reuniones, situaciones imprevistas... Y tuve la ocasión de tomar buena nota del alto nivel de las transmisiones, de la sobriedad de los comentaristas, de la precisión de los resúmenes en los telediarios y otros programas, de la excelencia del sonido ambiente conseguido en el interior de la catedral de Westminster y en el estadio de Murrayfield (donde se instalaron doscientos micrófonos), atiborrado de jóvenes..., y también de los fallos que la propia BBC suele reconocer después de cada transmisión o programa, cuando los responsables hacen lo que ellos llaman la autopsia de lo realizado y emitido.

Sin embargo, lo que más me impresionó en el intenso visionado fue la atención de las cámaras a la persona del Papa en un país con el diez por ciento de católicos. No me refiero sólo a su imagen, lógicamente central, ni a lo que hacía o decía en determinados momentos, sino a la frecuencia con que se detenían en la expresión de su rostro, en sus gestos, en los movimientos de sus manos, en su mirada y hasta en sus pensamientos... con prolongados primeros planos y planos cortos desde todos los ángulos. Eran los "silencios" de Juan Pablo II, mantenidos como un "continuum" casi involuntario por los realizadores en directo y respetados luego con proporcionada regularidad en los resúmenes informativos.

Después tuve ocasión de comprobar el mismo fenómeno desde el control central de Prado del Rey, mientras recibíamos las imágenes en directo del recorrido del Papa por la geografía y el alma de nuestro país: Madrid, Ávila, Alba de Tormes, Salamanca, Guadalupe, Toledo, Segovia, Sevilla, Granada, Loyola, Javier, Zaragoza, Montserrat, Barcelona, Valencia, Santiago de Compostela... Diez días de duro y eficaz trabajo en TVE, con una profesionalidad impresionante por parte de los equipos que le siguieron.

Todos sabíamos que Juan Pablo II y la gente, cercana o en multitudes, constituían los ejes de las transmisiones, pero todos asistimos también a la incontenible y progresiva personalización de las imágenes. Sin que nadie se lo propusiese, los "silencios" del Papa se convertían en referencia continuada no sólo para los que estaban detrás de las cámaras y en las unidades móviles y los controles, sino también para los telespectadores. Y no digamos ya para quienes recibíamos al completo el aluvión de imágenes en los monitores, incluidas las que no llegaban a emitirse.

Desde entonces he tenido siempre presente esta especial consideración de los "silencios" del Papa en las incontables transmisiones de las televisiones de los países que ha visitado, y de modo especial las de la RAI desde el Vaticano el Colosseo o Asís. Porque si es verdad, como pienso, que Karol Wojtyla es el ser humano más visible de la historia por sus contemporáneos en tiempo real, no lo es menos que la interioridad de su imagen ha irrumpido con insólita fuerza y contra todos los cánones en el multiplicador impacto televisivo.

En un medio en el que todo - religión, política, ciencia, noticias, deporte...- tiende a convertirse en espectáculo, sin que nadie proteste o se dé mucha cuenta de ello, resulta sorprendente la insistencia unánime con que los profesionales desde la televisión se esfuerzan por plasmar en imágenes esa interioridad de un hombre recogido sobre sí mismo. Ningún guionista consciente de las limitaciones dramáticas y de las exigencias de ritmo del discurso televisivo, concedería jamás a un personaje tan dilatados "silencios" inmóviles. Y sin embargo es esto lo que está ocurriendo, sin que la ancianidad y sus secuelas aminoren el intento, como si todos hubiesen escuchado lo que el propio Papa confió en cierta ocasión a su biógrafo americano George Weigel: "Tratan de comprenderme desde fuera, pero sólo se me puede entender desde el interior".

A ese interior intentó llegar Vittorio Messori cuando en el cuestionario que dio origen al libro Cruzando el umbral de la Esperanza le preguntó cómo y por qué rezaba, y Juan Pablo II le habló de la oración como "una iniciativa de Dios en nosotros... que nos reintegra en nuestra verdadera humanidad...". "El hombre - concluía el Papa - alcanza la plenitud de la oración no cuando se expresa principalmente a sí mismo, sino cuando permite que en ella se haga más plenamente presente el propio Dios".

Tal vez la fuerza de los "silencios" del Papa esté precisamente ahí: en la transparencia ofrecida por la imagen de un hombre en oración, asumiendo en un permanente diálogo con Dios todas las alegrías y esperanzas, todas las tristezas y angustias del mundo de hoy. Son los silencios sonoros que, así como traspasan los umbrales de una comunicación audiovisual plana por definición, pueden llegar con una nueva dimensión a millones de telespectadores del mundo entero, creyentes y no creyentes. Probablemente más perdurable que los vídeos - que se conservan - será a la corta y a la larga lo que la intimidad de Karol Wojtyla añade a la imagen televisada. Un tema abierto para mayor reflexión.

Sirva como dato curioso para esa reflexión, la anécdota, que también pude vivir personalmente, mientras seguía en los monitores de Prado del Rey la transmisión en directo de su primer viaje a América con objeto de seleccionar algunas imágenes para el telediario de aquel día. Camino de Puebla, Juan Pablo II acababa de llegar al aeropuerto de Santo Domingo, inundado por una desbordante multitud que no cesaba de aclamarle con gritos de "¡viva el Papa!" que parecía que no iban a acabar nunca. Por un fallo (o lo que fuese) en la coordinación del sonido, aquellos gritos se vieron de pronto solapados por la profunda voz del Papa, que, como en susurro, contrapunteaba cada "¡viva el Papa!" con un nítido "¡viva Jesucristo!", que duraría lo que duró la aclamación. En las imágenes su rostro permanecía inmóvil, con la mirada feliz, mientras no cesaba de bendecir a la gente...

Luis Ignacio Seco
Periodista