Número 44, enero 2004

EX ORIENTE LUX
César Vidal

En los últimos años se ha ido popularizando en Occidente un gusto creciente por lo oriental. Como todas las modas ésta no se encuentra exenta de snobismo, de picaresca y de superficialidad. Que la gente decida comer sushi o pato lacado estilo Pekín tiene un pase más que comprensible; que un frescales de barba se autodenomine maestro de yoga cuando su ignorancia sobre la India es proverbial resulta más peligroso y que una actriz mediocre pretenda presentar el budismo como la culminación de la espiritualidad humana es para echarse a llorar. Confieso que soy un apasionado de la cocina oriental -en la que me permito hacer pinitos- que me encanta el cine de Kurosawa y que disfruto de la lectura de los clásicos chinos. Sin embargo, nunca se me ha ocurrido cerrar los ojos a la realidad. La supuesta sabiduría india no ha impedido -todo lo contrario- que la India siga manteniendo el inhumano sistema de castas o que sufra una corrupción escandalosa; la cosmovisión budista (que entre otras cosas niega la existencia del individuo) se encuentra en el fondo de males como la venta de niñas en Thailandia para la prostitución y la benevolencia oriental no impide que más del cincuenta por ciento de las penas de muerte de todo el mundo se ejecuten en Extremo Oriente. Sinceramente, no creo que la luz venga de ese Oriente como tampoco creo que la mayoría de los que en Occidente se presentan como budistas, expertos en yoga o seguidores de un gurú tengan la menor idea de lo que hablan. De hecho, por regla general, todo parecido entre lo que ellos creen que es la doctrina de la reencarnación -popular hoy en día donde las haya- y lo que enseñan los textos orientales es pura coincidencia. En ese sentido -y aún aceptando lo bueno que pueda venir del lugar donde nace el sol- me siento muy occidental y muy cristiano porque sé que del cristianismo brotan conceptos incomprensibles en Extremo Oriente como los de Derechos humanos, división de poderes, democracia y un largo etcétera. No soy por ello etnocéntrico. A fin de cuentas, mi forma de vida, mi cosmovisión se sustenta sobre un libro oriental que es la Biblia pero es que teniendo la Biblia, ¿francamente para qué quiero yo al Dalai Lama?