Número 44, enero 2004

BUDISMO SALVADOR

A este pobrecito hablador le entusiasma comer solito rodeado de libros mientras se pimpla lo que el camarero disponga, a mí la comida me dice bien poco y me permito dejarme aconsejar por los profesionales. Tener el mantel pringado de bolígrafos y tinta de periódico, no de migas de pan, es placer de mandarines, de político con oposición vulnerable. El pasado jueves me encontraba cebando mis neuronas con un libro de Nabokov cuando la camarera me dice lastimera que es una pena comer solito, que si no tengo pareja, ni perro que me ladre. Me hacía pucheros, como si le hablara a un peluche encontrado en un basurero. Yo le digo que ni siquiera tengo un geranio al que regar y que de mi librería cuelga un poto de Ikea que finge vivir del agua. Se ríe y no volvemos a hablar hasta los postres, cuando me cuenta que, además de lo de siempre, tiene piña natural. La piña natural me duró 50 páginas de Nabokov. Cuando me marché, la sonreí y me fui a un garito a apurar al escritor ruso-americano a sorbos de café. En uno de esos descansos obligados de la vista en toda lectura, vi a la camarera del restaurante que curiosamente paseaba por la zona y, sin contemplaciones ni introducciones vanas, se me sienta a mi lado y pide un descafeinado. Hablamos y hablamos. En un momento de la conversación me dice que practica la filosofía budista. Le pregunto por qué y me cuenta una historia. "Mira, soy muy joven, pero he vivido muchas decepciones amorosas. Ha habido tres hombres en mi vida y a cada esfuerzo emocional me encontraba con una decepción, sí, una decepción tras otra. Llegó un momento en el que no podía más, me estaba deshaciendo por dentro, tenía el alma hecha migas. Entonces decidí no aventurarme más para no perder el juicio e iniciarme en el camino de la filosofía oriental, y así mantener el equilibrio interior, la armonía... vaya, para poder sobrevivir emocionalmente". "Entonces, no estás dispuesta a dejarte sorprender por una nueva relación que pueda ser definitiva en tu vida", "pues no, para qué nos vamos a engañar, ahora estoy sin fuerzas y sólo quiero saber vivir sola". Nos despedimos con un hasta siempre y me marché a casa tan triste como el poto de plástico de mi librería. Mucha gente se está convirtiendo al orientalismo no por cuestión de principios, sino como terapia ante la vulnerabilidad personal. Este pobrecito hablador piensa que siempre y en cualquier caso merece la pena entregar la vida por alguien, expulsar toda la energía personal en un otro que nos complete. Jugárnosla, no llegar al equilibrio emocional a través de la concentración sino gastar las emociones en quien merezca la pena. No sé, creo que hemos nacido para esto y lo demás son falsas ilusiones de llegar a equilibrios en soledad sin pareja que acaban en los fármacos y en las terapias de diálogo cognitivo. Valga el ejemplo de más arriba para explicar una de las diferencias fundantes entre la mentalidad oriental y la occidental. En aquella, la persona brilla por su ausencia, porque nuestras acciones no merecen mucho la pena. Acordémonos de la película El pequeño buda, de la escena en la que aparece el instructor oriental explicándole al occidental que un lama-novicio lleva años haciendo un mosaico y que en breve lo destrozará para empezar de nuevo. Ni siquiera cuenta el placer de lo bien hecho. Los deseos no deberían existir, porque nos cierran y nos impiden el equilibrio. En cambio para nuestra cultura occidental judeo-cristiana no hacen falta grandes meditaciones trascendentales, ni alcanzar las profundidades abisales del alma, sino disponerse a amar de verdad, porque nuestras acciones suponen una tremenda responsabilidad y cobran un peso infinito. Por ejemplo, un maestro budista necesitará que su pupilo dedique años de su vida a determinados ejercicios para alcanzar la absoluta serenidad interior. En cambio, desde nuestra concepción cristiana, dar un vaso de agua al que lo necesita es ya un ejercicio de plenitud humana. Edith Stein, una extraordinaria filosofa del pasado siglo XX, se convirtió a la fe cristiana cuando vio que una anciana estaba hablando con Dios en la catedral de Francfort, mientras su cesta de la compra descansaba en el banco. Le pareció absolutamente increíble una religión en la que hubiera verdadera comunicación entre el Misterio del más allá y aquella pobre abuelilla tan del más acá, ¡y de manera tan fácil! Por eso, en nuestro Calibán del mes de enero, salpicamos algunas páginas con la cuestión oriental, para pesar, sopesar, valorar sus aportaciones y encontrar los nexos y las diferencias con nuestra civilización.