Número 44, enero 2004

Ya pasaron las fiestas, se terminaron los excesos, acabaron las cenas de empresa, el de El Almendro se ha vuelto a largar de casa como todos los eneros, y nos encontramos con la desoladora cartelera. El problema de la exhibición ahoga la industria cinematográfica. No estoy de acuerdo con el sistema proteccionista a la producción, cada uno debe costearse sus propias aventuras, pero sí con que la proyección de las películas europeas no esté a remolque de las exigencias del coloso americano. Al no estar las salas en manos independientes, sino bajo el paraguas de las grandes distribuidoras, es muy difícil encontrar un hueco por donde poder colar producciones que no estén encajadas en la gran tela de araña que se teje en los despachos de las majors.

Después de la avalancha de títulos comerciales que nos mandan los americanos como regalo de Navidad, se suele entrar en un periodo de barbecho hasta que comienza la gran campaña de películas nominadas a los Oscars. Pero este año la primavera se adelanta y la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood celebra su gran fiesta el 29 de febrero. No hay tregua.

Con este panorama, las pequeñas producciones pueden ir despidiéndose de encontrar una tela donde colgar sus películas. Y no se trata de defender el cine español o europeo a cualquier precio aunque sea un petardo, o afirmar que todo el cine americano es vacío y falto de talento. Se trata de buscar el equilibrio, de no limitarnos a ver lo impuesto, de tener la opción de que el público acuda a ver lo que cree que es mejor. Si esa libertad no existe, y otros eligen lo que debemos ver, es como si el director del Museo del Prado sólo expusiera los cuadros de su primo. Otra cosa es que la gran masa esté ansiosa por contemplar los cuadros del primo del director del Museo del Prado, que es un tipo que sale mucho por la tele, está respaldado por una gran campaña de marketing y cada vez que pinta una obra le dedican unos minutos en la parte final de todos los telediarios. Contra el dinero de las grandes productoras no se puede hacer nada, cada cual es muy libre de tenerlo y gastarlo como crea más adecuado según sus propios intereses, pero el Estado tiene a su disposición mecanismos para que proteja una exhibición más justa.

El ejemplo lo tenemos en el teatro, mientras los americanos desembarcan con estupendas producciones como Cats o El Fantasma de la Ópera, la Comunidad de Madrid organiza el Festival de Otoño, los Ayuntamientos contratan compañías para sus centros culturales y el Ministerio de Educación y Cultura tiene a su disposición la Compañía Nacional de Teatro y la Compañía de Teatro Clásico.

Como dicen los camareros: Pasen, pasen, al fondo hay sitio.

Texto: José Cabanach