![]() ![]() |
|
Jim Sheridan.- Sin duda, no sólo por mis propios recuerdos, sino por los de mis hijas Naomí y Kirsten con quienes he firmado el guión. C.- ¿Cómo ha sido trabajar con ellas? JS.- ¡Durísimo!, (risas...), pero al final... C.- ...Al final un grandísimo guión. JS.- Gracias, pero nada es fácil. Verás, cuando se hace una película, lo que uno quiere es soltar toda la información desde el principio. Por eso la primera secuencia es muy delicada porque debe cumplir la misión de situarnos en todos los futuros acontecimientos de la historia. Es el momento en que las niñas insinúan que sus padres no tienen trabajo. Lo que se ve son unos padres con muy poco dinero, que intentan abrirse camino en esa América, tierra de sueños, y huyendo, al mismo tiempo, del fantasma de la reciente muerte de su hijo Frankie. Ellos sienten miedo porque las autoridades de inmigración se les van a echar encima. Pero no ocurre así... Creo sinceramente que para los irlandeses la llegada a América siempre ha sido más fácil. Quizá hemos sido el único pueblo colonial que hayamos sido aceptados después de una hambruna. Tanto irlandeses como americanos aceptamos este mito. Muchos ingleses rechazan este hecho por un sentimiento de culpabilidad. Por eso la película no está teniendo éxito en Inglaterra, pero afortunadamente el resto del mundo parece aceptarlo. C.- Usted ha declarado que muchas de las cosas que allí le pasaron no las ha podido contar en la película porque hubieran resultado demasiado absurdas. Cuéntenos alguna de ellas. JS.- Recuerdo nuestra llegada. Cruzar la frontera fue sencillo, pero enseguida nos detuvieron porque mi mujer conducía con exceso de velocidad. El juez me multó con 40 dólares. Sólo tenía 38. Me iban a meter en la cárcel pero uno de los policías me dio los dos dólares que necesitaba. Después me dio otros diez dólares para la gasolina y el peaje. Se despidió diciéndome que sus abuelos eran irlandeses. No introduje esto en la película porque resultaba demasiado estrafalario. C.- Habla con mucho cariño de América... J.S.- Tengo que decir que mi experiencia en América ha sido muy distinta a la que se puede ver desde Europa o a las tópicos que nos han hecho creer. Yo salí de allí viendo que la mayor parte de los estados pagaban a los artistas para ser intelectuales izquierdistas, por eso nunca me he fiado de los radicales asalariados del Estado. Ese temor al capitalismo, al sistema médico que no funciona... yo no viví eso.
J.S.- Pues no sé cómo encontré el nombre de Mateo. Tal vez haya sido mi subconsciente. Lo que sí recuerdo es que cuando llegué a Nueva York, existía un restaurante que se llamaba El cielo. Todo el mundo pensaba que aquél era un nombre demasiado simbólico para una heladería de la calle 54 con la 9 (risas). El caso del personaje de Mateo es verdad que es distinto. Él es como el padre espiritual de toda la familia, y con esta mente tan perversa que tengo, pensé que sería perfecta la idea de colocar como centro neurálgico de la acción a un negro, que se está muriendo de SIDA y africano. A veces uno puede colar muchas cosas sin que el resto se dé cuenta, y a veces hacerlo así, a espaldas de los demás, resulta más eficaz. C.- La familia es un elemento esencial en todas sus película, ¿no? J.S.- Es algo que me viene heredado. En Irlanda la familia es muy importante. De niño se murió un hermano mío, Frankie. Mi padre decidió entonces reunirnos a todos para discutir y asimilar la pérdida. En cierto modo, ya lo he dicho alguna vez, mis películas son un medio para restaurar ese ambiente de intimidad de la familia, que mucha gente anda buscando. C.- A este ambiente de intimidad contribuyen sin duda alguna las dos pequeñas protagonistas con su magnífica interpretación. JS.- Sobre las niñas hay multitud de anécdotas que podría contar, pero me centraré sólo en una. He de decir para empezar que durante el casting, inconscientemente, andaba buscando a mis propias hijas. Cuando conocí a Emma Bolger, la hermana pequeña, vi que era exacta a mi hija, así que le di el guión para que lo leyese. Pero, ¿cómo iba a leer una niña de tan sólo cinco años? El caso es que lo hizo perfectamente. Pero pensé que como director no iba a tener nada que hacer con ella. Pensé que iba a ser horrible trabajar con una de esas niñas precoces del cine... Así que dije "¿hay otras niñas?". Me trajeron a otra y le di el guión. De pronto sentí que alguien me agarraba por detrás y me di la vuelta. Era Emma. Me estaba mirando fijamente, con una mirada muy sofisticada y me dijo algo así: "Jim", "¿sí?", le dije yo. "Esa niña está leyendo mi papel..." De verdad que intenté decirle que se trataba de una prueba y que así funcionaban las cosas, pero aquella seguridad en sus ojos, esa creencia en que ella era la niña del papel, me hizo recobrar mi propia inocencia que yo había perdido. La miré y pensé que ésta era la primera niña de 100, y que sólo había leído una línea, ¿cuál iba a ser mi respuesta?... "Nadie va a leer más tu papel porque es tuyo". Ella me contestó: "bien, pues mi hermana está en el coche", "y, ¿cuántos años tiene?", "diez", "demasiado joven", "Jim, deberías verla". Por supuesto, bajé para ver a su hermana y no me quedó más remedio que cogerla a ella también. C.- Más anécdotas, po favor. JS.- Está bien, espero no aburrir. Uno de los primeros días del rodaje algo salió mal y yo grité muy airado, ¡corten! Entonces, la mayor salió de entre la muchedumbre y me dijo "Jim, no pasa nada si juras y dices palabrotas delante de mí. Tengo 10 años. Pero mi hermana sólo tiene 5 y es de muy mal gusto que digas palabrotas delante de ella, así que voy a tener que pedirte que desistas..." El equipo entero me miraba expectante para ver cómo reaccionaba. Y contesté:"No creo que eso vaya a pasar, qué vamos a hacer... (silencio largo)... vamos a hacer lo siguiente, tú dices ¡acción!, y cuando Emma vea algo que no le guste dirá ¡corten!" (muchas risas). Desde luego, reconozco que ésta es una historia graciosa, pero para mí fue una lección. Lo que ocurrió con ellas fue algo imprevisible, algo que no puedes dirigir, tan sólo dar gracias a Dios y procurar no querer ser Él para no estropear el misterio. |
|
Texto: Eva Latonda |