Número 44, enero 2004

Estoy desesperada y como loca buscando algo que he perdido, el problema es que no sé describir qué es exactamente, ni recuerdo cuándo lo perdí, desde luego tiene algo que ver con la inocencia en la mirada y en el corazón. Todo empezó hace un par de años, mi hijo mayor comenzó a interesarse por los dibujos de la tele y yo, como buena madre, comencé a interesarme con él. Primero descubrí que ya no me gustaba ver Heidi (¡jolín! cómo lo iba a saber, si la tenía mitificada y no había vuelto a verla desde entonces... una desilusión). Después fui echando el ojo y pasé de la sorpresa inicial a la indignación más absoluta, pasando por diferentes estados de confusión, rabia, ira, etc. Comenzó a retorcerse mi corazón, mientras me acordaba de las madres de los guionistas y dibujantes de algunas de las series que pude ver. Fui quitando algunas de la lista: "Hijo, esta serie es para niños más mayores", y él decía: "¡fale!", y cambiaba de canal.

Poco después mi carrera como actriz de doblaje, sufrió un giro positivo, económicamente hablando. Comenzaron a llamarme para doblar voces de jovencitos (es lo que mejor hago) en varias series de dibujos japoneses. Ahí fue cuando les tomé una manía brutal. Primero, no entendía por qué lo llenaban todo de bichitos absurdos con vocecitas absurdas en situaciones absurdas y lugares más absurdos todavía. Me olía claramente información subliminal en cada esquina, difícil de asumir por un observador ocasional (un padre), pero efectiva en el espectador habitual (el niño). Y no era la única que se daba cuenta, actores con más experiencia, me contaban que era muy común en la mayoría de las series. Mi corazón seguía dando brincos cuando comprobaba que además, a los actores de doblaje (no a todos) les importaba un pimiento lo que decían o hacían sus personajes, y si podían meter alguna estupidez añadida lo hacían. Cuando llegaba a casa, casi gritaba: "¡Prohibido ver dibujos japoneses!". Y Alfonso ponía cara de pena y me miraba escrutador. Ni yo sabía lo que me pasaba. Pensaba en el tipo de jóvenes inútiles, violentos y difíciles, que pretenden influir en nuestros niños, en los suyos, en los niños del mundo entero... ¡TRAICIÓN!, gritaba mi retorcido corazón. Esas familias que nos muestran, donde no existen los hermanos y por lo tanto tampoco los tíos (Doraemon), donde la relación de los niños con sus padres o con la sociedad es de lo más estúpida (Shin Chan), donde los niños se dedican a viajar en grupo por un mundo buscando a alguien que quiera echar un combate de bichejos asquerosos llenos de ataques (Dijimon, Pokemon)... Esos dibujos de ojos redondos y pelos ondeantes de colores, que acaban siendo considerados arte por algunos adultos que se niegan crecer y que consideran más guapas a las Sailor Moon que a las actrices de verdad, que van a protagonizar la serie. Yo no quiero que mis hijos lleguen a eso, la verdad... no quiero que anden comprándose capitulos sueltos de Ju-Gi-Ho con 40 años.

Pero lo verdaderamente increíble es que los culpables de este apabulle de dibujos japoneses sin valores (por supuesto, no todos)... son los medios televisivos, que emiten y fomentan estos dibujos, mientras nos aconsejan que nuestros hijos no vean la tele más de una hora al día, ¡venga ya!, ni media merece la pena, lo justo para ver Las Tres Mellizas o la reposición de Heidi, con las que nuestros niños por lo menos pueden "aprender" el valor de la fidelidad, la amistad, el cuidado de la naturaleza o enriquecerse con nuevas culturas. No es que me olvide de las series norteamericanas como Gato- Perro o Vaca-Pollo... es que prefiero no hablar más, que me estoy calentando.

Seguiré buscando, a ver si recupero aquel corazón liso y sin recovecos... veré si puedo pasarle una plancha... aunque seguro que no me queda igual... porque ya no soy ninguna niña... ni ganas.

Texto: Maru García Ochoa