Número 44, enero 2004


"El espíritu humano es, a su vez, complejo y contradictorio: una mezcla explosiva de razón y pasión. De hecho, una guerra intestina ha dividido siempre al hombre, y esa batalla interior ha dividido también a los filósofos. Unos, como los estoicos, han querido renunciar a las pasiones y ser como dioses. Otros, como el cinismo antiguo y el irracionalismo moderno, han preferido renunciar a la razón y vivir como animales. Pero no lo han conseguido ni unos ni otros".
José Ramón Ayllón, Dios y los náufragos.

Compartía hace unos días una agradable comida con amigos, una de esas comidas en las que el buen vino forma parte discreta pero esencial en la mesa. Nos disponíamos a hacer un brindis, cuando uno de ellos dijo: "¿Sabéis por qué chocamos las copas al brindar?". Todos nos detuvimos unos segundos para oír la respuesta a una pregunta que nunca nos habíamos hecho: "Porque por todos los sentidos podemos conocer el vino, menos por el oído". Su explicación me pareció más bella que ajustada, porque también conocemos el vino por el oído, por ejemplo, si reparamos en el sonido que produce cuando es volcado en la copa; de todas formas, me quedo con la explicación que dio mi amigo al tintineante chocar de las copas, porque de ese sonido son partícipes directos los amigos. Hay belleza en este pensamiento: la sinfonía de los sentidos concentrados en un objetivo, en profunda comunión, para hacernos disfrutar de todos los costados del vino. Esta armonía sensorial nos lleva lejos. No me refiero en concreto a la armonía sensorial del vino (aunque el vino tiene a veces la propiedad de conducirnos lejos), sino a la concurrencia al unísono de los cinco sentidos para despertarnos al conocimiento de las cosas.

Ya decía el filósofo Jaime Balmes que "los sentidos deben auxiliarse unos a otros, y su testimonio acorde es tanto más fidedigno cuanto es mayor el número de los que empleamos para un mismo objeto". Ahora me explico por qué me resultó tan completa la percepción que tuve de aquel tinto. Necesitamos la concurrencia de los sentidos, su testimonio inmediato, para alcanzar un primer conocimiento de las cosas. Los sentidos son como la plataforma desde la que nuestro entendimiento se lanza al mundo exterior, o mejor, como la puerta de entrada por las que las cosas son recreadas interiormente por nuestro entendimiento.

Aunque en ningún momento puse en duda la existencia del vino durante mi almuerzo, los filósofos se han peleado mucho por esta cuestión, y algunos no han dudado en afirmar que el vino no existe. Unos dijeron que el mundo exterior no existe y otros que, de existir, no podemos saber cómo es. Al saborear mi copa de estupendo vino tinto me acordé con cierta aversión de estos individuos, a los que llamaremos los idealistas. A los defensores del vino los llamaremos realistas, porque no se atreven a descartar tan rápidamente lo que tienen frente a sus narices (sobre todo si se trata de un Rioja de cosecha).

Es verdad que los sentidos pueden engañarnos, el famoso ejemplo del palo quebrado en el agua podría hacer apostar a un desprevenido que el palo está realmente fracturado, cuando se trata solamente de una ilusión óptica, pero como dice Balmes, cuando hallamos a los sentidos en contradicción entre sí "el fallo debe inclinarse hacia aquel que juzga de su objeto más propio y con menos perturbación en el medio". En este ejemplo, aunque la vista hace aparecer curvo a un palo recto, el tacto sigue reconociéndolo recto y es a éste sentido al que debe darse crédito, porque es el que se aplica directamente al objeto (el ojo está viendo a través de un medio no acostumbrado que es el agua). Efectivamente, los sentidos pueden engañarnos, pero esto no significa que lo hagan siempre ni que debamos prescindir de ellos, solamente demuestra que debemos vigilar para que estén sanos y correctamente dirigidos al objeto de conocimiento al que se aplican. Claro que hay filósofos para todos los gustos, y si los idealistas dejaron a los sentidos a la altura de una piltrafa (los más extremos afirmarían que yo poseía la idea de "vino" en mí; pero dudarían de que el vino - con su color, sabor, olor, tacto y sonido - realmente hubiera existido), aparecieron otros que dijeron todo lo contrario. Esta gente, a la que llamaremos sensualistas, defendía, más o menos, que "todos los conocimientos tienen su último fundamento en los sentidos, específicamente en las sensaciones", y tenían otra versión más atrevida en la que sostenían que lo más importante del mundo eran los placeres que proporcionan los sentidos, es decir, los placeres sensuales (¡hombre! el vino me gustó, pero no lo antepondría a un acto de justicia o de nobleza). Es decir, que o nos pasamos o nos quedamos cortos.

A esta altura, el lector estará ya tan mareado como yo después de beber la maravillosa copa de vino que ha dado origen a este discurso. Vayamos pues al grano. ¿Dónde está la sensatez en este asunto? ¿Dónde colocamos a los sentidos? ¿Cómo los valoramos respecto al conocimiento que pueden otorgarnos sobre las cosas?

Sólo una pista para mantener la cordura (quienes estén interesados en el tema encontrarán toneladas de bibliografía): "no hay nada en el interior que no estuviese previamente en los sentidos". La traducción libre que podemos hacer de esta afirmación de Santo Tomás es que no nos inventamos el conocimiento de las cosas, sino que lo perfilamos a través de los datos que nos proporcionan los sentidos. Sin los sentidos no sólo nos quedaría vedado el conocimiento de las cosas materiales; Balmes cree que "quien careciese de los sentidos tampoco llegaría a conocer la existencia de los seres espirituales, pues adormecido el entendimiento no podría adquirir esta noticia, ni por la razón, ni por la fe". Pero los sentidos sólos no bastan, hace falta luego la concurrencia del entendimiento, sin el cual el conocimiento queda incompleto.

Ni infravaloración, ni exaltación de los sentidos. Respecto al conocimiento, su sitio es de intermediarios entre las cosas y el intelecto, servidores o facultades auxiliares del entendimiento. Sin ellos no tenemos acceso al mundo que nos rodea; pero ellos no tienen la última palabra, ni la más profunda, sobre la realidad de las cosas. Respecto a los placeres que nos proporcionan, quién duda de su bondad y de que Dios nos los ha regalado para disfrutar de la belleza puesta por Él en toda la Creación, pero la proporción y la belleza no pueden desvincularse. Un placer exacerbado y disparado se aleja de la belleza, y aunque parezca una paradoja, del mismo placer. Ni idealismo, ni sensualismo, una vez más, el sentido común.

¡Chín-chín!".

Texto: Dora Rivas