Número 44, enero 2004

Me contaron, Ramón, que te jubilas. Lo entiendo, créeme que lo entiendo. Ya esta bien, han sido muchos años de repetir la misma cantinela a generaciones de muchachos que siempre son los mismos, que cada curso son diferentes, que nunca crecen mientras que los demás nos hacemos viejos. Es la ironía del profesor, aunque hace mucho tiempo que dejaste de serlo para convertirte en Maestro.

"Yo soy yo y mi circunstancia". Siempre me recordaste a Ortega, tal vez porque Aristóteles y Platón suenan a leyenda, Descartes a Revolución Francesa y Kant es demasiado rancio.

Ortega nació en el número 4 de Alfonso XII, frente al Retiro, y eso le convertía en tipo real, de carne y hueso, cercano, como tú, que las mejores clases de filosofía las dabas a la luz de una caña de cerveza en cualquier tugurio de mala muerte cerca de la calle Santa Isabel. Paseabas tu pañuelo por los labios y lo volvías a guardar en el bolsillo derecho del pantalón al tiempo que leías las interminables notas que, con letra diminuta, redactabas sobre cualquier trozo de papel, en cualquier lugar, y en cualquier momento. Si hubieses publicado lo que piensas de la vida, de las gentes, de la política como hizo Ortega en Vida Nueva, tribuna de la Generación del 98, este país no sería el mismo, como no lo fuimos tus alumnos.

Arremetías contra lo establecido y lo que estaba por establecer, contra una forma de vivir que huele a caducado. No es por nada que mantuvieras esa lucha contra El Rata, un aristócrata repudiado por los de su casta a causa de las faldas de una criada. Lo mismo le pasó a Ortega cuando defendió la Europeización de España junto a Unamuno sobre las sábanas de El Imparcial, o habló de esa España invertebrada, símbolo de la decadencia de un país. Otra forma de pensar, como la tuya, siempre un metro por delante. Pero aunque todos oyen son muy pocos los que escuchan.

Cuando en el 31 se proclama la II República, Ortega es elegido diputado por León, cerca está el Bierzo, tu tierra, Ramón. Cuatro años después rompe con todo, pronunciando su famosa frase "¡No es eso!, ¡no es eso!". Rechaza la Banda de la República y abandona la política. Con la guerra es expulsado de su cátedra y debe exiliarse en Francia, Holanda y Alemania. Regresa en el 45, sus clases y conferencias cuelgan siempre el cartel de NO HAY BILLETES. Lo mismo que pasaba con las tuyas, que siempre fuiste la bestia negra de cada nuevo director que ocupaba la poltrona.

Los vapores de unos cuantos vasos de grappa, que a mí me abrasaban las entrañas, en un bar de la plaza de Trevi en Roma, nos hicieron hablar de todo con el inconformismo como bandera, eso repetías en cada frase de acento gallego, Rebelión de las masas, porque para exiliarse sólo se necesita la libertad que proporciona que no te entienda ni el camarero ni la parroquia.

Me contó un amigo que escuchar a Ortega en una tertulia de café era mejor que leer su obra, siempre pasa igual, las mejores palabras nunca quedan escritas en letras de molde, pero son esas las que resuenan con más fuerza para quien sabe cazar al vuelo. Tal vez la filosofía sea eso, una taza de café caliente, una copa de buen coñac, un grupo de amigos y un mundo sobre el que discutir. Por eso siempre me recordaste a Ortega, porque hablaba de realidades, de circunstancias, de hoy, y no de ayer o de mañana. Lo uno queda para los historiadores y lo otro para los adivinos. El autentico visionario es el que observa al otro lado de la puerta y sabe cuando abrirla o cerrarla. Es algo tan simple que sólo unos pocos sabéis hacerlo.

Ramón Méndez y José Ortega y Gasset, dos filósofos que pasean muy cerca de El Retiro.

Dedicado al Maestro
Ramón Méndez.
Filósofo y amigo.
Gracias

Texto: José Cabanach