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LA FUERZA DE LOS DÉBILES
César Vidal
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En ocasiones siento la tentación de pensar que vivimos en una sociedad plenamente darwinista. El éxito, la felicidad, incluso la supervivencia, parecen estar sólo garantizadas para aquellos que son más fuertes. Me refiero, naturalmente, no sólo a la fuerza física sino también a la financiera, a la laboral, incluso a la estética. Semejante análisis acaba, sin embargo, pareciéndome superficial. En realidad, la debilidad -la ineludible y vulnerable debilidad- forma parte de la condición humana desde nuestro frágil nacimiento hasta nuestra inevitable muerte y sólo aquellos que son conscientes de la misma y que buscan al mismo tiempo al Único fuerte son los que pueden encerrar en su interior la fuerza. Sorprende, casi diría yo que pasma, la insistencia con que la Biblia hace referencia a los pobres. Por regla general -y que me perdonen los amantes de la demagogia con ribetes teológicos- éstos no son en las páginas de la Escritura aquellos cuyos medios materiales resultan escasos. Son, por el contrario, los "anavim", aquellos que han descubierto lo inmensamente pobres -en recursos, en años de vida, en seguridad, en posibilidades- que somos por el simple hecho de pertenecer a la condición humana. El rey David era ciertamente uno de esos pobres cuando humildemente pedía perdón en el Salmo 51 consciente de la enorme debilidad que lo poseía y también lo era el acaudalado Abraham cuando suplicaba a Dios que le concediera un hijo. Esa es la actitud que desearía reivindicar hoy. La de reconocer con pleno conocimiento de causa, sin autoflagelaciones pero también sin autoengaños, que somos inmensa, dolorosa e incalculablemente débiles; que nuestra naturaleza no es más sólida en medio del cosmos que una hoja de papel; que no tenemos más dominio sobre la próxima hora que el que tenemos para elevar nuestra estatura cincuenta centímetros. Esas circunstancias no deberían entristecernos. Todo lo contrario. Tendrían que llenarnos de alegría. Como indica Jesús en el Sermón del monte, el reconocimiento de esa realidad nos libra de la ansiedad del mañana sabedores de que podemos colocar toda nuestra preocupación sobre los hombros del Padre y, como señaló Pablo de Tarso, eso nos llevará a descubrir que Dios se complace en mostrarse extraordinariamente fuerte a través de esa nuestra debilidad. Demos pues gracias a Dios porque en medio de esta sociedad de fuertes, somos débiles y, a la vez, podemos acudir a Él para que se muestre a través de nosotros.
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