Número 45, febrero 2004

Al francés André Breton, alma del movimiento surrealista, le estalló su propia receta artística en la cara con la aparición de Salvador Dalí. "El paseo perpetuo por la zona prohibida", como definía el gabacho al surrealismo, era el modo natural del pintor que, criado en una familia bien a la española y catalana, los mimos le enseñaron a navegar a sus anchas por cualquier rincón de la realidad o la fantasía. Pero Breton, pudoroso y refinado como buen francés, no supo llegar al extremo del que sí era capaz Dalí. Breton se convirtió en el inquisidor y practicó la censura dentro de un movimiento donde esto resultaba casi antagónico, los surrealistas no pudieron con el catalán y le expulsaron del grupo.

Dalí se sabía un genio desde pequeño y encima decidió serlo. Su padre vio el talento de su hijo para la pintura por lo que le envió a estudiar a Madrid. Se alojó en la Residencia de Estudiantes, lugar donde, por confluencia de los astros, se promulgó en una España seca el diálogo perpetuo entre la ciencia y el arte, el diálogo de las ideas sin clasificar y sin especializar. Como en la Grecia clásica, donde la matemática era otra forma de arte, si entendemos el arte como la capacidad del hombre de crear, de jugar con las ideas. En la Residencia, las mentes libres como las de Dalí, Lorca o Buñuel, no tenían miedo a probar, ni miedo a experimentar sin necesidad de definirse y clasificarse: el catalán, pintor; el andaluz, escritor; y el aragonés, cineasta. Jugaron entre ellos donde todos crearon y Buñuel hizo cine por hacer algo, al igual que Lorca escribió o Dalí pintó porque de algún modo se tiene uno que expresar cuando las ideas fluyen en la cabeza de semejante manera. Así que dejando de lado el odioso refrán español de que "el que mucho abarca poco aprieta", Dalí abarcó y apretó lo que tuvo que apretar porque la perfección es consecuencia de la pasión y del trabajo. De la mezcla, aunque todavía haya gente que hable de la "pureza de raza" como algunos nacionalistas que buscan autodeterminarse bañándose en el mismo fango y en la misma sangre, surgen las mejores razas, porque surge el cambio y la evolución. De la mezcla del arte de Dalí y de su falta de especialización, surgió un genio.

SALVADOR, DON JUAN Y HOLLYWOOD

Dalí mezcló artes y utilizó la pintura como el pez emplea el agua o el guepardo la tierra, como un medio para moverse. Pero su mente privilegiada le permitía entender cualquier lenguaje y, como dijimos arriba, ponerse el mundo por montera. Después de ser repudiado por el grupo de surrealistas se marchó a EEUU, donde obtuvo éxito y reconocimientos antes de llegar. Sólo faltaba que en la sección de teatro de esta revista hablemos también de cine, que es lo que más le gusta al director de Calibán, pero seamos eclécticos y no nos parcelemos tanto. Dalí se introdujo en la vorágine del Hollywood de los años cuarenta. El cine, como todo o casi todo, fascinaba a Dalí. Trabajó con Hitchcock haciendo los decorados de la parte onírica de Recuerda. El fragmento duraba veinte minutos pero el director no empleó ni un tercio de lo rodado, probablemente por miedo a la reacción de un público poco acostumbrado al surrealismo. Salvador también trabajó con los hermanos Marx en un guión que no llegó a finalizarse nunca. Pero su mayor encuentro fue con Walt Disney. Ambos quedaron fascinados mutuamente y se embarcaron en un proyecto llamado "Destino" que no se llegó a terminar nunca. Dicen que fue porque Disney se había arruinado con el proyecto de Fantasía, sin embargo, otra versión afirma que Disney se asustó y no creyó que su público americanito acostumbrado al ratón Mickey fuera a entender al protagonista diseñado por Dalí con cabeza de niño, cuerpo de mujer, piernas de gacela y caracolas como pies.

Con gritos de ¡viva Franco! volvió Dalí a reconciliarse con su pasado y su padre cual hijo pródigo, y entre exaltaciones y exabruptos también hizo en España lo que quiso. Luis Escobar le pidió que hiciera los decorados y el vestuario de Don Juan Tenorio. Así, la leyenda creada por Tirso y contada por Zorrilla se vistió de surrealismo. De nuevo la mezcla dio un producto espectacular, Dalí no sólo diseñó sino que añadió sentido a la historia con una visión mágica. Hace poco, Montesinos volvió a montar la obra con los decorados de Salvador Dalí en el Teatro María Guerrero. Para ello tuvieron que hacer una labor casi arqueológica porque se habían perdido muchos bocetos y la reconstrucción del espectáculo era casi imposible. Y es que en España, somos así, no aprendemos a guardar lo nuestro y la obra teatral de Dalí casi se había perdido. En cambio, bien que los yankis han guardado a su Walt y a su Mickey.

Texto: Paloma Merino


Dalí trabajó activamente en el proyecto del cortometraje de Luis Buñuel Un perro andaluz, que es probablemente una de las obras más representativas del movimiento surrealista. La idea surgió de los sueños de Buñuel y Dalí, y las malas lenguas dicen que el título hace referencia a Lorca, que era natural de Granada.