Número 45, febrero 2004

Parece que fue anteayer, y ya han pasado casi dos lustros desde que La Fenice de Venecia ardiera como una tea. El pasado mes de enero se inauguró con un concierto de Año Nuevo al estilo del de la Filarmónica de Viena. La madrugada del 12 al 13 de enero de 1996, Venecia quedó como una boca a la que le acaban de sacar una muela, el olor a ceniza era el formol de una anestesia en la que habíamos caído todos los que nos encontrábamos en la ciudad. El Ave Fénix que colgaba entre las dos columnas de la fachada principal desde el anterior incendio de 1836 era lo único que se salvó de la quema. A los pocos meses comenzaron los trabajos de reconstrucción, pero surgió un problema al que somos muy dados los latinos, ¿cómo eran los colores de la decoración interior de La Fenice? Nadie se había tomado la molestia de fotografiarla y apenas sí se conservaban los proyectos de decoración. Y fue el cine el que obró el milagro. La secuencia inicial de Senso de Luchino Visconti estaba dedicada al recreo visual del interior de la ópera durante el tercer acto de Il trovatore. El technicolor utilizado fue la Piedra Rosseta para que el encargado de la restauración, Mauro Carosi devolviera a La Fenice su aspecto original.

No es esta la única ocasión en la que el cine ha salvado un caso similar, porque el cine, además de ser arte y/o industria, es testigo y testimonio de nuestro tiempo. Dejar escapar la oportunidad de congelar el estado de las cosas es renunciar al espíritu con el que nació. Y eso es lo que está ocurriendo en Madrid.

En Madrid cualquiera puede cortar la circulación de una calle para descargar el pan Bimbo, para entregar las cervezas en el bar de la esquina, "tranquilo, tranquilo, ¡ya va¡, joder, cómo se pone". Los del gas abren una zanja cuando acaban de taparla los de la luz, los del bus turístico se paran en plena Gran Vía, los aparcacoches de un restaurante de lujo dejan el trasto en cuarta o quinta fila y los mensajeros dejan el camión en el portal, "es un segundo, estoy trabajando". Pero si pides permiso para rodar una película te miran como si fueras un delincuente y te piden más papeles que si fueras a entrar en Nueva York con un vuelo de Air France.

En París, en Roma, en Venecia, en Nueva York o en Londres siempre te encuentras un rodaje en las calles, es relativamente sencillo obtener el permiso, aquí resulta más fácil desplazarse hasta Lisboa, véase el anuncio de Lotería Nacional para las campañas del sorteo de Navidad, donde el calvo que reparte suerte se pasea a sus anchas por unas calles que estuvieron cortadas durante días para un spot de veinte segundos.

El west side de Nueva York ya no existe, el Café de Paris de La Dolce Vita en Roma tampoco, apenas quedan neónes en Picadily Circus como los de Un hombre lobo americano en Londres, dónde estará la mansión de Norma Desmond en Beverly Hills y qué habrá sido de los garitos que frecuentaba El buscavidas. Sin embargo hoy podemos reconocerlos, recordarlos e incluso podríamos reconstruirlos aunque ya no existan porque están en las películas, eso es estar en la memoria. Madrid lleva años sin que le den un papel importante, se está desperdiciando la oportunidad que da el cine, y nadie nos creerá cuando le digamos a nuestros nietos que en Madrid se podía fumar en cualquier lado, que hubo un teatro llamado Olimpia, un excalextric en Cuatro Caminos o que no siempre las calles tuvieron bolardos.

En fin, La Fenice tuvo suerte. Gracias, Visconti.

Texto: José Cabanach