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EASTWOOD, BOGART Y LAS ALMENDRAS BLANCAS Y TIERNAS
Oti Rodríguez Marchante
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El cine es el arte de la simulación, y lo es desde su esencia: ni siquiera hay movimiento, sino ilusión de movimiento: veinticuatro imágenes fijas que pasan velozmente ante nuestros ojos, y ellos se ilusionan engañados por el efecto. Es el arte de la simulación y también de la apariencia, pues, aunque no sólo disfrutamos sus mensajes con la vista, es fundamentalmente a través de ella como los atrapamos y entendemos; se podría decir que el cine nos ofrece carcasa, envoltorio, apariencia, y nuestro intelecto y nuestros sentimientos buscan dentro de la cáscara hasta encontrar la almendra que en ocasiones guarda. Y ése es uno de los mayores divertimentos de ver cine, el atravesar su pellejo y observar qué es lo que envolvía, qué sentimiento, qué pasión o contradicción, qué dudas y qué miedos. Y viene este ingenuo preámbulo al caso para entender el largo trecho que suele haber entre lo que el cine nos muestra y entre lo que nos sugiere..., es decir, la enorme capaci dad de las imágenes para ocultar la almendra de la verdad disimulada en una apariencia contradictoria. Y dejo de dar vueltas, y aparco: con cuánta sutileza nos demuestra el cine un hecho que es vital para entender no sólo al hombre sino a cualquier ser vivo: la dureza externa nos avisa de que hay algo blando que proteger. Es sencillo, y es prácticamente una ley natural, que a cada cual le da sus "armas" precisas para disimular sus carencias y procurarse protección, sea la velocidad, los cuernos, las púas, la facilidad de confundirse con el paisaje..., hay insectos incluso que, sin haber nada en ellos agresivo o fuerte, la naturaleza les dibuja en el abdomen algo parecido a un rostro feroz que intimida a los otros bichejos más macarras. He ahí la dureza de ese insecto: una ilusión de ferocidad. Dicho todo lo cual, podríamos dar por hecho que dos de los actores más duros de la historia del cine, que han interpretado personajes rocosos, inquebrantables y punzantes y letales como clavos roñosos, son en el fondo dos almas tiernas y sensibles. Hablo de Humphrey Bogart y de Clint Eastwood, ambos con fama de derretir un yunque con una meada, pero que tanto en ellos como en su cine han dejado entrever esa gran verdad de que la dureza esconde o protege la blandura. En realidad, todo el western y el cine negro, con esos personajes recubiertos de amianto y sarcasmo, servirían para trazar el mapa completo de las debilidades humanas: la traición, la infidelidad, las pequeñas miserias, el egoísmo, la avaricia, la venganza... Aunque en el caso de Eastwood y Bogart, duros entre los duros, habría que referirse a sus escondidas debilidades en otros términos, más positivos, cercanos e íntimos; por ejemplo, los sentimientos de lealtad, humanidad y amistad de un asesino sin escrúpulos como el Eastwood de Sin perdón, o la capacidad de ahondar tanto en el sentimiento amoroso como hace el impermeable Eastwood en el papel protagonista de Los puentes de Madison... O lo que de tierno y encantador se oculta en ese viejo cascarrabias borrachín que baja río abajo con una barcaza llamada La reina de África, o simple y llanamente la amargura y la soledad que habita en el corazón cínico de ese detective llamado Marlowe, que nunca tuvo otra cara que la de Bogart. Lo que ocurre es que si aceptamos la ternura de los duros, no nos quedará más remedio que aceptar también la dureza interna de los aparentemente blandos, o débiles. Alguien que muestra abiertamente sus debilidades es, sin duda, un tipo duro, sin miedos o, más aún, sin miedo a los miedos. Acaban de estrenar una película del inglés Mike Leigh titulada Todo o nada en la que su pareja protagonista, un matrimonio tan frágil como una construcción de naipes, demuestran hasta qué punto se pueden aguantar vientos y mareas sin perder pie. Eso sí es temple, y no escupir por un lado de la boca.
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