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La niebla cubría densamente las calles, últimamente no recuerdo que dejara de hacerlo ni siquiera en las mañanas de verano. La vida en la ciudad se había convertido en una existencia gris, o eso nos parecía a los que pretendíamos vivir de día... como antes. Supongo que a la gran mayoría de "nocturnos" les importaba tres pepinos que la luz del sol llegase apagada y triste a nuestra superficie, ellos poseían la potencia y el color de los láser y el neón con los que iluminaban incansablemente las noches madrileñas, y eso bastaba. Me pongo a pensar... y no soy capaz de recordar cómo comenzó el proceso que nos ha ido arrastrando a esta situación tan patética... y desde luego, no recordarlo la hace aún más patética. Qué pesada soy, siempre que hago una salida matinal no puedo evitar darle vueltas a las cosas, aun sabiendo que lo que está pasando es irreversible... y no me estoy poniendo dramática como dirían mis nietos. Hablando de mis nietos, ¡Dios les libre de seguir viviendo de esta forma! Ojalá sus padres comprendan y tomen medidas, no sé... como irse a otro continente. En Argentina dicen que ahora se vive como en España hace 50 años ¡Qué gozada! Si no fuera porque se que debo permanecer aquí, yo sería la primera en marcharse. Mientras subía fatigosamente las escaleras del metro, pensé la de veces que había utilizado aquella salida de Banco de España, viniendo de los toros, agarradita a la mano de papá y con mamá al otro lado, qué diferente era todo entonces... Tenía que dejarme de sentimentalismos tontos y concentrarme en mi labor, no era nada fácil acudir a las reuniones clandestinas de los viernes. Era el horario más peligroso de todos, los E. A. S. (Equipos de Afiliación y Seguridad) pateaban las calles, buscando nuevas víctimas para su detención y estaba claro que yo era la víctima perfecta. Los cursos que me habían impartido para evitarlos eran mucho más efectivos en alguien más ágil y de menor edad, quizá yo era una activista demasiado mayor que debía permanecer en casa... pero es que no me importaba el riesgo, debe ser que los años hacen aumentar la valentía... eso será. Lo más maravilloso de estas salidas, pensé, era la total ausencia de ruidos, coches, gritos, golpes... paz. Me deslicé lentamente, hasta que noté el tacto rugoso de la fachada del Banco, debían ser unos cien metros los que me separaban de la puerta de la asociación (lo que fue el Círculo de Bellas Artes). Paso a paso, me fui acercando. Qué ganas tenía de ver a gente como yo, esperaba estas reuniones como agua de mayo, por un rato me sentía bien. Éramos un grupo no demasiado numeroso de personas nada conformes con el tipo de vida dictatorial y absurda de esta segunda mitad del siglo XXI. El gobierno, los medios y la gran mayoría de la gente apoyaban el nuevo modelo de sociedad, sin pensar en las consecuencias, físicas y psicológicas, dejándose guiar de forma absurda por una moda que comenzó en otros países de Europa. La gente fue adentrándose más en la noche, y en el ruido principalmente, de tal forma, que en pocos años, ya nadie realizaba sus actividades durante el día. Todo el mundo comenzó a utilizar masivamente los ordenadores, el último modelo en decoración fue el macro estudio, en el que el salón comedor de toda la vida pasaba a convertirse, en una sala con minidespachos para cada miembro de la familia. Los padres trabajaban desde allí, los hijos recibían sus clases, jugaban con sus amigos o viajaban virtualmente. De día nadie salía y el horario comenzó a atrasarse. La gente se levantaba primero a las 10, luego a las 2 y finalmente a las 6 de la tarde, justo cuando la luz natural abandonaba las calles. Era entonces cuando se extendía aquel interminable mar de luces artificiales que intentaban alcanzar el cielo. También comenzaba el movimiento en las calles, todos salían a realizar distintas actividades: compra, ocio, trabajo, deporte, de forma frenética. Madrid se convertía en un bullicio estridente y ridículo. Pero lo peor era el volumen. Cada local parecía hacer concurso de watios, en el cine los efectos especiales se saltaban las normativas con total impunidad y los bares y discotecas... eso era increíble. Los ciudadanos empezaron a sufrir problemas de oído que desembocaban en sordera total, lo que trajo una curiosa moda de mensajes leídos por móviles y un lenguaje de signos y sonidillos guturales que a mí me recordaba a los cavernícolas. Se crearon las EarOutCenter, locales en los que cumpliendo a rajatabla las normas de higiene, se perforaban los tímpanos, el colmo de la perforación... taponando después el agujero, pero provocando la ansiada sordera profunda e irreversible tan de moda. Desde luego, yo lo veía como una mutilación sin sentido... pero no pude evitar que mis dos hijos... Bueno, eso ya pasó, hoy sólo quiero contribuir a que mis nietos puedan conocer otra forma de vida. Y estas reuniones son una esperanza. Sólo me falta doblar la esquina para llegar sin ser capturada por los E. A. S. No quiero que me sometan a un interrogatorio, no sé si la valentía me daría para tanto, y sobre todo no quiero que me dejen sin mi oído ¡Dios mío! es lo único que me permite mantenerme cuerda. Lo peor ha pasado, estoy tocando la puerta, tengo la llave fuertemente agarrada, abro y cierro... silencio, y de pronto... un susurro: -Maru, eres tú? -¡Uf! - suspiré -, soy yo amigos-, dije mientras avanzaba con seguridad por el oscuro pasillo. |
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Texto: Maru García Ochoa |
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