Número 45, febrero 2004

Periodista y recién estrenada escritora, rompe con todas las reglas en su primer libro, ¡Mírame tonto!, en el que desvela los trucos sucios de la televisión para aumentar el nivel de audiencia. Inteligente, desenfadada y realista nos encontramos ante las confesiones de una fabricante de telebasura arrepentida

Calibán.- Cuéntanos, ¿cómo comenzaste en esto de la televisión?

Mariola Cubells.- Estudié periodismo en Valencia y después de pasar por distintos formatos acabé en Canal 9. Allí empecé trabajando en supuestos programas de debate, y en seguida me horroricé con el ambiente que había. Pero pronto me di cuenta de que era un comportamiento habitual, aunque en los últimos años ha ido a peor.

C.- ¿De qué comportamientos hablas?

MC.- Fraudes, sobornos, manipulaciones, mentiras, tergiversaciones… imaginábamos contenidos perversos para mantener la audiencia.

C.- ¿Perversos?

MC.- Sí, como por ejemplo, utilizar todo tu poder de persuasión para convencer a la gente de que venga a los programas a hablar de sus cosas. Somos una fábrica de espectacularización de los sentimientos. Los recuerdos, la intimidad, las preocupaciones, las alegrías… de todo se puede hacer dinero. En muchas ocasiones, hacíamos creer a los posibles candidatos que venir al programa a contar sus problemas les iba a ayudar a solucionarlos, aún a sabiendas de que, probablemente les perjudicaría más que favorecerlos… pero ya se sabe, las audiencias tiene un precio muy alto, y hay que conseguirlas pese a quien pese.

C.- ¿Cómo se puede vivir con la conciencia tranquila trabajando así?

MC.- O lo coges o lo dejas, no hay otra salida. Cada uno tiene su nivel de escrúpulos, su moral. Hay gente a la que le afecta más y gente a la que le afecta menos y que es capaz de aislarse. Si te afecta demasiado acabas dejándolo, como he hecho yo; si no, vives amargado.

C.- ¿Y quién mueve los hilos de todo el cotarro?

MC.- No hay nadie concreto, no es una mano negra la que hace la telebasura, es una responsabilidad en cadena. En televisión se trabaja de la siguiente manera: hay gente que decide qué tipo de televisión se quiere, el cómo se va a realizar es responsabilidad de otros y así desde el más grande, al más pequeño. Pero lo que todo el mundo sabe en televisión es que para conseguir audiencia hay que bajar a ciertos niveles. Hay casos de televisiones que funcionan como una isla, como es el caso de TV3.

C.- ¿Qué quieres decir con que funciona como una isla?

MC.- Porque TV3 nació con el objetivo de ser una televisión referente en Cataluña, que se distinguiera del resto. Las televisiones son siempre concesiones de los gobiernos y en este caso, la Generalitat se preocupó mucho porque así fuera.

C.- Si esto lo ha podido hacer una administración, ¿por qué no existe un mayor control en el resto de las televisiones por parte del Gobierno?

MC.- Porque todavía hay mucha alegalidad jurídica en el tema de contenidos y, por desgracia, mucha manga ancha. ¿Quién se erige como juez para valorar qué contenidos son perversos o no? Hay demasiados intereses en juego y no siempre se va a juzgar un contenido por el mismo rasero moral. Tendría que existir algún organismo que controlara desde la objetividad. En Cataluña existe un Consejo Superior del Audiovisual que vela por los contenidos de la televisión y funciona bastante bien.

C.- ¿Crees que todavía es posible una televisión de calidad?

MC.- En esto soy bastante pesimista. Ahora mismo no lo creo posible. Es algo imparable por la competencia atroz que existe entre las televisiones privadas. Sin olvidar que las televisiones autonómicas, así como las locales y las digitales han contribuido a que se desate todavía más la fiebre por la audiencia. No creo que haya una voluntad firme para pararlo. Debe existir una voluntad política que hoy por hoy no se da. Falta honestidad y sentido común. Y si algún gobierno se decide a pararlo probablemente le acusen de censura. No creo que hoy por hoy nadie se atreva.