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Pepe, el camarero, me recibía siempre con una sonrisa. Desde que las cosas habían empezado a irme peor, el bar se había convertido para mí en un refugio y yo en uno de sus mejores clientes. Me gustaba ir de noche, cuando la oscuridad se convierte en la aliada de los solitarios y las calles desiertas sólo son atravesadas por melancólicos y bohemios. Aunque casi siempre me sentaba en la barra, aquella noche elegí una mesa pegada a la ventana, quería contemplar la lluvia de ese día otoñal, siempre me ha gustado ver la lluvia cayendo del otro lado de un cristal, como si el cielo volcara por mí unas lágrimas que yo me sentía incapaz de derramar. No sé el tiempo que pasé pensando en nada, dibujando en la ventana con mis dedos sobre el vaho. De pronto, alguien me preguntó, ¿me puedo sentar? -Claro, siéntate -, respondí un poco molesto por la intromisión. -Hola, soy Iván. -Hola, yo soy Paco. Iván se acercó a mi mesa con un vaso de whisky en las manos, y me dio la sensación de que venía sin prisas, dispuesto a charlar un largo rato. Era un tipo de piel blancuzca y cabello claro, por su aspecto me pareció que podía ser polaco, pero no acertaba a situar su acento en ningún país concreto, aunque claramente se trataba de un extranjero. Como si leyera mis pensamientos, dijo: -Soy lituano, ¿sabes donde está Lituania? Le dije que sí, aunque mis conocimientos se limitaban a recordar que el Mar Báltico bañaba las costas de aquél país. -Lituania es un gran país, tiene dos cosas que España no podrá darme nunca: a mi mujer y a mi hijo. Yo los dejé y me vine a tu país buscando trabajo, algunos amigos lo hicieron antes que yo y me animaron, a ellos no les ha ido mal. Yo encontré trabajo en la construcción, ahí hay trabajo porque "vosotros" no queréis cargar ladrillos y trabajar con el sol pegando duro en verano y el frío rajándote la piel en invierno.(Me fijé que tenía las manos encallecidas y la piel porosa, como tierra fecunda; me avergoncé de mis manos suaves y anodinas (casi tan suaves como las de una mujer) al ver las suyas, fuertes y rudas).-Llevo dos años aquí, lejos de casa, aguantando que los días se sucedan uno detrás de otro, todos iguales. El reloj me arranca a las cinco de la mañana de los sueños que me han dado descanso durante la noche. Casi siempre sueño que vuelvo a Lituania después de un largo viaje por tierras desconocidas, pero al llegar a mi país nada ha cambiado, todo permanece idéntico a como lo dejé, como si el paso del tiempo, en lugar de deteriorar las cosas, las hubiera congelado: la sopa de la cena caliente, mi hijo des Iván hizo una pausa para llamar a Pepe y pedirle otro vaso de whisky. El camarero estaba sorprendido de verme en esa mesa charlando con un extraño pero se limitó a traer la bebida, y volvió a dejarnos sólos. -¿Sabes? La vida es un engaño. Me di cuenta cuando el rostro de mi pequeño y de mi mujer se me empezaron a olvidar; ya no sé como son. A veces me pasa, caminando por la calle, que veo a una mujer por detrás y corro hacia ella creyendo que es mi esposa y grito "¡Ana, Ana!", entonces se da vuelta sobresaltada y yo me quedo aterrado al ver un rostro desconocido. Otras veces oigo las voces de los chiquillos a la salida del colegio y corro hacia el tumulto deseando encontrar entre ellos a mi hijo. Espero hasta que todos han salido, y sólo entonces, cuando compruebo que no está, vuelvo a deambular sin rumbo por la ciudad. A medida que las ilusiones mueren cada día, voy sintiéndome más débil, y sé que un hombre sin ilusiones no sobrevive mucho tiempo. Ya casi no me queda ninguna y desde que vivo sin ellas soy como un cadáver. Aquí nadie me necesita; necesitan a un albañil, pero nadie necesita a Iván. En mi pueblo, los pobres nos necesitamos unos a otros, nos ayudamos, nos conocemos por nuestros nombres, conocemos a nuestras familias, y siempre tenemos en nuestras casas algo para compartir con los amigos. Después de oír a Iván, sentía como si la lava de su alma en erupción estuviera cayendo sobre mí y me quemara. Me ví como uno de los cadáveres que Iván describía e imaginé que debajo de mi traje había un esqueleto sin alma. La visión me aterró. El semblante de los seres queridos empezaba a desdibujarse en la memoria de Iván, pero era mi propio semblante el que yo ignoraba. No sé el tiempo que pasamos sentados en aquél rincón del bar. Estoy seguro de que hubiéramos estado allí toda la noche si Pepe no nos hubiera dicho quetenía que cerrar. Iván apuró el trago que le quedaba en el vaso y se levantó sin decir nada. Las tres de la mañana era una hora demasiado tardía para la esperanza. Salimos juntos, tambaleándonos bajo la luna como malos equilibristas de la vida. Pensé acompañarlo, pero me quedé paralizado en el frío de la noche y lo perdí de vista cuando giró en la primera esquina. Volvimos a coincidir varias veces en el mismo sitio. Pepe ya se había acostumbrado a vernos charlando en la mesa que estaba junto a los cristales, y como sabía que no nos iríamos antes de que él nos lo pidiera, el buen hombre recogía todas las mesas y hacía tiempo con su bayeta limpiando una y otra vez las mismas cosas, mientras nosotros agotábamos nuestra charla, y creo que también su paciencia. Nuestras conversaciones giraban casi siempre en torno a Lituania, a la familia de Iván, y a su empeño por mantener el recuerdo de las personas que amaba. Poco a poco, su vida empezó a interesarme, y aquel extranjero se convirtió en el primer amigo que tuve en toda mi vida. El miércoles 10 de octubre fue la última vez que lo ví; estuvimos charlando largo rato, como siempre, pero al despedirse me dijo, "mañana no vendré". Noquise preguntar nada, pero me sorprendió que tuviera una razón para no acudir a nuestra cita diaria, nadie lo esperaba, y jamás me había hablado de otros amigos, a excepción de sus compatriotas, que se habían mudado de ciudad. Al día siguiente fui al bar y me senté como siempre junto a la ventana. Esanoche el viento soplaba con intensidad moviendo las hojas secas de un lado para otro, sentí que también mis pensamientos se agitaban sin orden, en todas direcciones. Pepe se acercó a la mesa para traer mi vaso de whisky, y con él me entregó un sobre que decía: "Para Paco". Lo abrí sorprendido, no era capaz de reconocer aquella letra ilegible y llena de faltas de ortografía, y con mucha dificultad pude leer: "Querido Paco: En una ocasión te dije que estaba muerto, pero no soporto la idea de enterrarme a mí mismo. He decidido volver a Lituania hoy mismo. Creo que es lo mejor. Has sido un buen amigo, has sabido escucharme. Gracias. Iván". Cerré el sobre con una sensación de vacío que no acierto a describir. Pepe debió observar que mi semblante estaba pálido porque se acercó a la mesa con un vaso de whisky que no había pedido. -Ha hecho bien, su vida no estaba aquí -, dijo mientras se alejaba.- Tal vez tenga razón- pensé. Pero supe que había perdido a un amigo. |
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Texto: Dora Rivas |