Número 45, febrero 2004

Joseph Roth
Editorial Anagrama

SI DE DEBILIDADES HABLAMOS, NO PUEDE faltar este título en nuestra cartelera de imprescindibles. Todos conocemos algo de Joseph Roth, La marcha Radezky, La cripta de los capuchinos, etc. La leyenda del Santo Bebedor, que también ha sido llevada al cine, salió a la luz pocos meses después de la muerte del escritor. Es una historia que pilla de sorpresa, como la película Ordet de Dreyer. De ella decía Garci que es como cuando te subes a un avión y hay un momento en que los oídos parece que van a estallarte y de repente se abren a otro nivel de sonoridad. Pues, lo mismo pasa con esta novelita breve, breve como una mariposa pequeñita que apenas se ve en el jardín. Es la historia memorable de un pobre vagabundo que vive bajo los puentes del Sena. De repente se encuentra con un hombre que le da unos francos para que los pueda restituir, cuando él quiera, a una imagen de Santa Teresita de Lisieux en una iglesia parisina. En un primer momento no sabe si lo que ha vivido es una alucinación, fruto del alcohol, o algo cierto, pero en cuanto se tantea el bolsillo y nota los doscientos francos se da cuenta de que para él empieza una nueva vida. Y la vida es justamente la que se le encara para que no restituya el dinero. Todo parece venírsele encima para que no pueda llevar ese maldito dinero a la iglesia. Llega tarde, se encuentra con gente a quien no ve desde hace tiempo, todo se lo gasta en bebida... Las elecciones que realiza cada día y el azar de lo cotidiano parecen haber urdido un plan de ataque para evitar que este alucinado vagabundo puede cumplir el propósito de aquel fantasma que le habló en el Sena. La pretensión del autor es la de indicar al lector perplejo, con la sutileza impecable de un maestro, que detrás de esta vida (la que vemos, la que trazamos con tiralíneas, por la que nos desgañitamos, a la que somos capaces de ponerle horarios, citas, asuntos imprescindibles, órdenes de todo tipo), detrás, parece como si hubiera alguien, un mago, un hada madrina (pero alguien, no algo, no una energía impersonal y desatenta a las personas que por aquí vivimos), alguien a quien le importamos mucho y que, a pesar nuestro, quiere llevar nuestra vida a término feliz. La novela se lee en cuarenta y dos minutos exactos, eso si se hace con pausa, y en media hora si uno anda acelerado. Pero es una pieza mayúscula de la narrativa centroeuropea del XX que merece subrayados y comezones de coco para posibilitar salir de la última página sin un pelo de indiferencia.!

Dora Rivas