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Enrique Vila-Matas
Editorial Anagrama
TENGO QUE RECONOCER QUE EL ESCRITOR catalán tiene adeptos adeptísimos, entre los que me encuentro, y detractores furibundos, por quienes siento una profunda lástima. Vila-Matas está empachado de literatura, es como el hombre recién comido que, con su aliento, no puede dejar de contarte todo lo que ha comido. Por eso sus obras son pieza literaria sobre pieza literaria. París no se acaba nunca es un intento de contar las peripecias autobiográficas de un aprendiz adolescente de la ficción que usó más el porte del escritor que sus usos. Es enormemente sincero cuando dice, "creo que en esos días daba yo la espalda al mundo, a todo el mundo. Sin lectores ni ideas concretas sobre el amor ni la muerte, yo era un horror ambulante". Pasó muchos días pensando que para ser un buen escritor había que estar completamente desesperado. Lo malo de Vila-Matas es que siempre tiene una palabra para la ironía, pero para una ironía convertida en filosofía de la vida. Me explico, él dice que el objetivo en la vida es ser un enigma para todos, que el hombre es incapaz de comprender nada porque ni siquiera se sabe a sí mismo. Por eso se pregunta, ¿de verdad se puede ver algo de verdad?, y responde, "yo creo que cuando podemos ver algo de verdad, estamos más que autorizados a ironizar sobre la realidad, aunque sólo sea para conjurar la posible aparición casual de lo que es realmente real y sin ese muro que nos dejaría sin ironía alguna, desmayados". Vila-Matas usa la ironía como un mecanismo de defensa ante el primado de lo real. ¿Qué la muerte existe?, nos reímos de ella, pero no nos preguntamos por ella, no vaya a ser que exista otra vida y ésta la tengamos que vivir de otra manera... Y así. Es como M. Duchamp, que en el epitafio de su tumba puede leerse, "por otra parte siempre se mueren los otros". ¡La ironía de las ironías! Yo estoy más con Rilke cuando dice, "ganad las profundidades, la ironía ahí no desciende". Es que la muerte está ahí, y la tenemos que afrontar, pronto o tarde. La muerte es como las nieves del Kilimanjaro, de las que Hemingway nos hablaba, porque eran definitivas, perpetuas. Ahora bien, te partes de risa con Vila-Matas, "¿derrochaba yo libertad en París? No mucha, si acaso derrochaba riesgos de pulmonía. Se me estropeó la estufa eléctrica. Preferí engañarme a mí mismo y creer que el frío y la bohemia eran la pura libertad". Hay que leerse las cositas de este monstruo de la literatura y estar en permanente estado de diálogo con sus obras.
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Javier Salinas
Editorial Siruela
NO TENÍA NI LA MENOR IDEA DE QUIÉN era Javier Salinas hasta que Siruela me envió esta novela. Me pareció deliciosa. Un hombre sin brazos, sin piernas, sin posibilidad de ver, tumbado en una cama de hospital y poniendo su mente en orden para no volverse loco. La zozobra de su dolor frente a su inmensa debilidad. Al tiempo que asistimos a los miles de personajes que andan como en pasarela por esta novela, tenemos también unos antológicos monólogos en los que el paciente describe quién es. "Un hombre representativo de mi época, un hombre invisible, un espécimen absurdo e inútil. Casado tantas veces, divorciado otras tantas. Sé bien que encarno al hombre ideal de esta época, su espíritu, el espíritu de esta época sin espíritu. Es la época de los hombres superfluos y yo soy uno de ellos. No tengo personalidad y mi carácter se basa en consumo, en noticias de periódico. Cambio como cambia el tiempo. Si sol, pues sol. Si lluvia, pues lluvia. Mi amor se esfuma y nunca dudé en engañar a una mujer y, por tanto, a mí mismo". ¿Cómo no va a tener tentaciones de suicidarse, de acabar con su vida desastrada? El protagonista hace la vida de una piedra y su cabeza está en constante ebullición, pero tiene la lucidez suficiente como para recordarse su dignidad. "El suicidio no arreglaría todo lo demás que no entiendo. Todas las cosas que me aterrorizan: como por ejemplo. Para qué estoy viviendo, qué es lo que siente mi corazón. ¿Soy alguien que ha nacido parea no entender nada, para no conocer nada?, ¿para vivir de camino hacia la muerte acumulando hechos, como se acumulan los días y las noches, y los productos necesarios en la cesta de la compra?". Y luego esa verborrea firme, serena, breve, onomatopéyica, telegráfica, dura, febril. Salinas acaba de rebasar los 30 y promete.
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