
Siempre estarán de moda las memorias. Las que no me creo son las del tipo Beckam. Beckam no puede escribir su vida, porque quizá su vida no ha comenzado todavía. Seguro que no le ha dado tiempo a pensarse las cosas, porque todo le sucede a ritmo de tornado y así no le queda aliento para digerir. Menos mal que existen los negros, esas figuras literarias escondidas que echan carbón en la caldera de las editoriales para mantener su nivel de ventas y facilitar que lo ramplón adquiera la alta notificación de best-seller. Sin embargo, hay otras memorias, menos visibles en los estantes de las librerías, que están siempre agotadas, por las que hay que decirle a la dependienta que las pida al almacén. ¡Oh almacenes que atesoráis joyas que brillan en la oscuridad de los mil silencios de las naves mientras el oropel se muere de risa en los escaparates! Las que traemos a estas páginas son de un calibre abusivamente infalible para emocionar corazones frágiles, las de Nabokov, un literato educado con el marchamo indeleble de la aristocracia, que tiene que marcharse por piernas de su Rusia natal en cuanto estalla la revolución. Un hombre enamorado de la belleza, pero no de una belleza teórica, nominal, sino con apellidos. Era un entusiasta de las mariposas y por ellas expresaba toda la gratitud. "El mayor placer lo encuentro cuando me veo rodeado de mariposas poco frecuentes y de las plantas con que se alimentan. Eso es el éxtasis, y más allá del éxtasis hay otra cosa que me resulta difícil de explicar. Es como un vacío momentáneo en que se precipita todo lo que amo. Un estremecimiento de gratitud para con aquel a quien pueda interesar, al contrapuntístico genio del destino humano o a los tiernos fantasmas que miman a ese afortunado mortal". Un hombre que muestra con el hervor de las mejores palabras la pasión por su mujer, Vera, con la que vivió hasta su muerte. "Cada vez que me pongo a reflexionar sobre el amor que siento por una persona, tengo la costumbre de dibujar radios que arrancan de mi amor para dirigirse hacia puntos monstruosamente remotos del universo. Cuando se produce en mí esta explosión en cámara lenta, silenciosa, de amor, me deja abrumado ante la sensación de algo mucho más vasto, mucho más duradero y potente que la acumulación de materia o energía en cualquier cosmos imaginable". Nabokov, el hombre que imaginaba el paraíso como un lugar en donde un vecino insomne lee un libro inacabable a la luz de una vela eterna.
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