Número 45, febrero 2004

Querido hermano:

Me vine a Madrid para hacer fortuna, como el padre de madre. Pero debe ser que en la familia no tenemos suerte. Me llegaron noticias por milicianos que van y vienen del frente, como el que va a la fábrica, que las cosas en los pueblos no están tan mal como aquí. Silban bombas todos los días y a la Gran Vía ya la llaman "la avenida de los obuses".

A mí no me han mandado a las trincheras porque necesitan gente que sepa leer y escribir, para arreglar papeles, pero no creas que por ello me siento mejor. Dijeron que esto era cosa de semanas, después de que en dos días cayeran Fanjul y Sierra en el Cuartel de la Montaña, los madrileños pensaban que el resto sería igual. Pero ya va para más de un año.

¿Cómo estáis vosotros? ¿Y padre y madre? ¿Y Clara, cómo está Clara? Os echo de menos, no te imaginas cuánto. Intenté escribir, pero me fue imposible sin conocer a alguien que os pudiera hacer llegar las cartas, hasta que me he dado cuenta que Madrid es como un pueblo grande donde todo el mundo acaba por conocerse.

Al principio todo fue desconcierto, nadie sabía qué hacer pero por la radio pedían la ayuda de todo el que pudiera darla. Una semana después del alzamiento, leí en los periódicos que Azaña dijo: "Es más importante salvar el tesoro artístico que la propia República: esta si se pierde puede ser restaurada, pero aquel no se podría recuperar jamás en caso de perderse". Me fui para el centro para intentar ayudar, mejor morir de miedo viendo el cielo que morir de miedo encerrado en la pensión.

Recordaba la foto del abuelo, qué orgulloso estaba posando con los demás mozos del pueblo delante de la Cibeles, cuando vinieron para adoquinar las calles. ¿Te acuerdas de esa foto, verdad?

A unos nos llevaron a proteger la Cibeles, y a otros los mandaron a embalar cuadros al Museo del Prado, parece que se los llevaron a Cataluña, pero aquí nadie sabe nada.

La rodeamos con sacos de tierra que poco podían hacer, salvo librarla del arañazo de la esquirla de un obús, pero era cosa de pocos días, mejor no correr riesgos.

Aunque la gente no tiene con qué protegerse en sus propias casas, jamás vi trabajar con tanta ilusión, sin descanso, a hombres, mujeres y niños que se dejaban el alma como si les fuera la vida en defender a una fuente que para ellos es mucho más.

Ahora todo ha cambiado. Dicen que el gobierno se traslada a Valencia, pero en realidad han huido hermano, han huido como los conejos que perseguíamos con la carabina de tío Anselmo. Aquí todos tenemos cara de derrota y hambre y va para largo, porque Julián Besteiro, concejal del ayuntamiento, el único que no escapó con el rabo entre las piernas, mando levantar un búnker alrededor de la Cibeles.

Te parecerá absurdo que te cuente esto con todo lo que está pasando, pero ahora, cada vez que paso por delante de esa pared de ladrillos y dolor, de ladrillos y amargura, me parece que esto no va ha terminar nunca. Cuando encarcelaron la fuente a algunos se les saltaron las lágrimas, y yo me acordaba de la foto del abuelo que conserva madre en aparador. Tal vez esos hombres y mujeres no pasen a la historia, tal vez nadie los recuerde, pero yo sé que son ellos los que salvaron a la Cibeles.

Si todo esto acaba y la fuente vuelve a tener agua nos haremos una foto, tú y yo, como la del abuelo. Y si algo me ocurriera, háztela tú por mí, a lo mejor es la Cibeles la única que sobrevive a todo este sinsentido.

No le digas a madre que estoy triste, ni a padre, ni a Clara. Vine a Madrid por ella, para poder pedirla que se casara conmigo, pero tampoco se lo digas. Veía su cara todas las mañanas en la cara de la Cibeles, pero ya no puedo verla.

Un beso hermano.

Texto: José Cabanach